Lorenzo Llanos, Orfebre

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Torrejoncillo y Ceclavín siempre fueron tierras de oribes, filigranistas, orfebres, artesanos del oro y la plata, de los cuales Lorenzo Llanos encarna la última generación. Ya no hay nadie que sepa trabajar los metales así. “Para aprender este oficio hay que echarle mucho tiempo, no se aprende en una escuela ni en un curso. Yo empecé de aprendiz con 12 años, aprendí de mi padre y de mi abuelo en un taller. Cada metal tiene un proceso diferente, un trato distinto”.

Lorenzo sostiene en sus manos un delgado muelle, un azafate, que se obtiene al retorcer un hilo de metal sobre otro, con maestría. De él saldrán pequeñas formas redondeadas que tomarán forma en la embutidera. Es una pequeña parte de un trabajo total que requiere muchas horas para conformar una figura completa. Buena vista, constancia, paciencia y saber hacer.

Hasta hace no mucho tiempo, Lorenzo trabajaba encargos, sobre todo collares para Semana Santa, adornos para mantillas, rosarios, broches, pulseras…En la actualidad lleva jubilado 6 años y se alegra enormemente de haberlo hecho. “Ahora no se guardan con tanto cuidado las joyas de la familia como antes, que pasaban de generación en generación. Se compra cualquier cosita para la niña en Las Candelas y ya está. Antes había joyas de diario y otras para las grandes celebraciones. Muchas se perdieron en la Guerra Civil, cuando en los dos bandos se reclamó el oro para la causa y se entregaron por voluntad o por la fuerza. Fueron unos años complicados, apenas había oro con el que trabajar y la mayoría se sacaba de fundir monedas; trabajábamos sobre todo con cobre que luego se doraba. Algunas familias quieren recuperar sus joyas familiares y vienen con fotos para que les haga réplicas”.

Reconoce que le encanta su trabajo, “quizás por eso llevo tantos años haciendo lo mismo, no me aburro, hay domingos que me pongo en casa a diseñar cosas”, pero ninguno de sus hijos se han dedicado al oficio “ en realidad no saben como es este trabajo, desconocen totalmente sus procesos”.

Algunas joyerías le encargaban trabajos “he llegado a hacer joyas para Dior o Pertegaz, pero al ser un trabajo tan manual y artesanal no se concibe para grandes producciones o grandes almacenes. Es otra forma de trabajar”. Además no sólo hay que ser bueno con las filigranas, hay que hacerlo rápido. Si alguien hace una joya en tres días y tú la consigues en uno, ya me dirás…”.

Han llegado a encargarle trabajos de restauración desde Galicia o en Portugal, porque “ya no se encuentra quien haga las cosas como antes”. “Tengo 70 años y es una pena que este oficio se pierda conmigo. Hacen falta unos tres años para preparar a alguien que continúe con mi labor. Hoy por hoy, con la crisis y demás es imposible seguir con esto. No puedo pagar un aprendiz, los materiales han subido mucho de precio, la plata estaba antes a 30 céntimos y ahora está a un euro. No obstante, sigo trabajando en casa.”

A pesar de que lleva 50 años instalado en Cáceres asegura: “No me he perdido ni un solo año la encamisá de Torrejoncillo, ni siquiera cuando estaba en la mili”, y recuerda los años en que “se iba por los pueblos en burro a vender joyas o a intercambiarlas por aceite, porque el trueque era lo habittual”.

 

Lamenta que con él se acabe este oficio artesanal, que de los seis talleres que hubo en Torrejoncillo ningún descendiente se hizo cargo. “Yo voy a seguir aquí en mi banco, hasta que la vista aguante aunque ahora ya no tenga el taller abierto, me encanta este oficio”. 

Texto: Patricia Hernández

Fotografía: Álvaro F. Prieto

 
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