José Carlos Manzano, Taxidermista

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Lo que para unos es un embalsamamiento y parte de un ritual, para otros es un arte, un arte que consigue si no devolver la vida, sí mantener su apariencia. Para muchos son manos de artistas las que modelan un gesto, una mirada… o manos científicas las que detallan la anatomía y fisiología. Sea como sea, los principios de la taxidermia se han ligado siempre a necesidades científicas y naturalistas, no en vano numerosas expediciones a nuevas tierras se relataban después no sólo con escritos, narraciones y estudios sino con figuras que han ido poblando museos y colecciones de historia natural. Un largo viaje: rituales, caza, ciencia, zoológicos, museos…

Taxidermia. Del griego “taxis”, acondicionamiento, y “dermis”, piel. “Arreglo y colocación de la piel en su sitio”. La taxidermia, tal y como hoy se la conoce, se la puede situar a caballo entre los siglos XVI y XVII. A partir de entonces, mucha ha sido su evolución, sus cambios en las técnicas, en los gustos y en las modas.

Si el desollado de la piel ha venido manteniendo una técnica más o menos similar, el tratamiento de conservación de la piel ha experimentado multitud de cambios para abordar la lucha contra insectos y larvas. Ya los egipcios utilizaban esencia de trentina y sal. Pasado el tiempo, una mezcla de especias de la India era práctica para la conservación, o un brebaje de pimienta negra, tabaco, sal, cal, sulfato de aluminio… También el arsénico aparecerá en los escritos que sobre Taxidermia se han ido publicando a lo largo de los tiempos. El conocido como jabón arsenical será una auténtica revolución en el siglo XVIII, adoptada rápidamente por el Museo de Historia Natural de París…. Y en el XX se optará por buscar fórmulas “no venenosas”. Llegará también el momento en que se abandone el curtido con agua, sal y alumbre de roca. Se persiguen las fórmulas de la industria del cuero, llegan los sulfatos de aluminio…

 

 

Vamos así descubriendo un mundo al que nos invita a pasar José Carlos Manzano, uno de los pocos taxidermistas de España, cuyo taller encontramos en la calle Wettonia de Plasencia. “Mi padre aprendió esta profesión por correo. Yo he nacido con ella y el aprendizaje de verdad me lo ha dado la experiencia desde pequeño en el taller, junto a mi padre”. Imaginamos a José Carlos con apenas 10 años colocando los ojos a los patos, las perdices o las codornices. “Era como un trabajo manual. Empezaba con las cosas más sencillas para ir aprendiendo a hacer las complicadas”.

Miramos a nuestro alrededor. Sí, todo se antoja de una complejidad enorme, pero de una potencia impresionante. Un oso negro de Canadá, un antílope africano, una pantera negra, un rinoceronte, un leopardo, un león… “Yo me centro más en animales africanos, mi hermano más en la caza de la zona”. Hoy, una excepción, porque nos muestra el jabalí que está tratando en estos momentos. “Le quito todo lo que sobra, de carne, de cuero…. Todo lo que pueda ser malo para el curtido de la piel”. Luego la piel tendrá un tratamiento, pasará horas sumergida en un humectante, en un curtiente, un proceso de precurtido, un curtido, un terminado final y el montaje sobre un maniquí de poliuretano sobre el que se coloca la piel del animal. ¿Y la expresión? “Esa hay que trabajarla, es algo muy importante conseguir naturalidad, y no es nada fácil, hay que trabajarla mucho”. Vemos que el trabajo bien hecho es el que consigue capturar un momento, un gesto, una mirada.

 

 

Nos fijamos en los ojos, que son de cristal, y en la lengua y el paladar, que pueden hacerse de poliéster, resina o silicona, abandonando la escayola, que era el material antiguamente utilizado. “Y los dientes, las piezas dentales, por ejemplo de este hipopótamo, las hacemos nosotros, aunque en más de una ocasión nos las entregan también si no se utilizan como trofeo”. Lo mismo puede ocurrir con los colmillos o con los cuernos de los animales.

A partir de aquí, se requiere también trabajar los desperfectos de la piel, coser agujeros o utilizar productos para la firmeza de la piel de las orejas, por ejemplo. Una vez que hemos colocado la piel y comprobado que la talla es la correcta, le vamos dando forma a toda la cara, para después cerrar la piel y graparla”. Por último se corregirán desperfectos con pintura al óleo. “Por ejemplo – nos explica- la piel del hipopótamo está pintada. Lo hemos hecho por el tipo de piel que es y porque la que nos vino traía un tono anaranjado”.

Del mismo modo, para mejorar algún volumen del rostro, se emplea barro, “como si se tratase de una escultura”, nos dice José Carlos insistiendo en que “hay mucho desconocimiento en torno a esta profesión. Más de uno me dice que qué asco, y debe pensar que inyectamos formol o algo así. No se valora todo el trabajo que hay detrás”. Calla unos segundos. “Cada animal tiene su historia”. Miramos a los ojos de esas figuras y su expresión, efectivamente, pareciera contarnos esa historia. Mientras, José Carlos se afana por fijar el reflejo de la vida en esos rostros. Se nos antoja estar rodeados de instantes, repletos de vida, pero instantes.

 

 

Texto: Mª José Muñoz / Mari Cruz Vázquez
Fotos: Álvaro Fernández Prieto

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