Javier Cercas, Escritor

 

La historia, las palabras, las personas, los encuentros… no dejan de sorprendernos. Aún es posible la continuación de la historia o, mejor dicho, la creación de una historia paralela y complementaria. Es sólo un sueño, o quizá un deseo, al encontrar en un blog de Buenos Aires esta entrada. Sin embargo, posiblemente Javier Cercas piense que la historia, su historia, está ya concluida. Sea como sea, su libro Soldados de Salamina, la extraña salvación del fundador de la Falange Sánchez- Mazas, le convirtió en un escritor de masas, el éxito se extendió por todo el mundo, los elogios se sucedieron y se siguen sucediendo en boca de insignes críticos…

Si Javier fuera protagonista de una de sus novelas, el personaje escritor de La velocidad de la luz sin ir más lejos, el éxito le llevaría a la locura, al disparate, a la corrupción; entonces el escritor no sabría digerir esa gloria, el rumbo de su vida cambiaría, nada volvería a ser lo mismo. Pero no es así el rostro y el espíritu que se ha sentado frente a nosotros. En zapatillas, encarcelado apasionadamente por libros y papeles, despeinado y con ojos cansados nos abre la puerta de su rincón de trabajo en el Barrio de Gracia de Barcelona. Ahí se irá desnudando un hombre obsesionado al máximo por la literatura, por su trabajo, por la historia y las historias, por las personas y los personajes, por la vida, por la ficción y por la realidad… por la vida.

Tiene un ligero acento catalán. No es de extrañar. Tenía cuatro años, cuando sus padres dejan Ibahernando, Cáceres, y emigran a Gerona. Sin embargo, aquel niño, entonces, no sabía aún que en la maleta que arrastraban iba bien envuelto, para evitar cualquier golpe, el pueblo. Hoy, ya adulto, sí lo sabe. “Mi madre se llevó Ibahernando a Gerona, de hecho, todavía sigue allí, está en casa de
mi madre”. No hicieron caso, nos dice, a Cabrera Infante que asevera que el primer error es irse, y el segundo volver. No, la familia Cercas no pensó lo miso. “Creo que mis padres nunca se fueron de allí”.

Esto hace que Javier hable del pueblo de la forma en que lo hace, como si al salir del despacho pudiera llevarnos a ver la Plaza de La Fontanilla o la Ermita de La Jara, como si fuéramos a divisar al fondo la Sierra de Montánchez y los berrocales de Trujillo.

Dice haber vivido “a horcajadas” entre Cataluña y Extremadura. “Hasta los 15 años, todos los veranos iba al pueblo, luego, durante un tiempo, dejé de ir como símbolo de emancipación, había
que hacerse mayor” y sonríe, sonríe con los ojos acentuando así el gesto infantil que tiene.

De pronto, recordando esos años de infancia nos sorprende con una pregunta, un cambio de tema. “¿Habéis leído El niño con el pijama de rayas?”. A lo largo de la conversación veremos que con Javier es muy fácil dar saltos temáticos. Habla deprisa, de vez en cuando murmura algo como si sus pensamientos se le escaparan, es entonces cuando también da la sensación de que él se escapa por unos segundos del espacio de sus interlocutores. “Sí, lo hemos leído…” y no seguimos porque levanta la mano e impaciente nos interrumpe.

“No, no, no me lo contéis, que lo voy a leer en cuanto terminemos esta entrevista, porque mi hijo de 13 años no lee nada, como buen hijo de escritor no lee, sino sería dar la razón al padre, sin embargo, en los últimos días se ha volcado con este libro, el primero que lee de seguido, y tengo que saber qué es lo que le gusta a mi hijo. Lo leeré pensando que eso es lo que ha leído mi hijo”.

Volvemos al pueblo, a aquellos años de veranos largos y completos en Ibahernando, “un lugar que daba para todo, tenía la sensación de que allí había de todo, estaba lleno de cosas y no había
necesidad de salir de allí”. Recuerda los viajes sin fin de Gerona a Barcelona, entonces, dice, sí se apreciaban desigualdades económicas o de desarrollo de unas regiones a otras.

“Sí, sólo había que mirar la diferencia en los retretes de los bares de carretera a lo largo del camino… ahora ya no, sigue habiendo diferencias afortunadamente, porque debe haberlas, pero no aquellos desniveles sociales”. Era en aquellos días de infancia cuando Javier salía de Barcelona como hijo de un veterinario modesto, y llegaba al pueblo como hijo de una familia rica. “Menos mal que ha cambiado aquella brutal estratificación de ricos y pobres; había un desfase que yo no entendía”.

Habla y habla de Extremadura, quizá por deferencia a nosotros que viajamos desde allí a su encuentro, quizá porque se lo piden “las tripas”, como suele decir que hay que escribir, “escribir las cosas que salen de las tripas”. Y le preguntamos para cuándo una novela manejada por los recuerdos y las sensaciones de esa infancia. “Comencé una. Escribí algo más de cien páginas y se las di a leer a mi padre. Me dijo que era lo mejor que había escrito… yo pensé que no servían para nada, que no funcionaba… pero llegará el momento –dice casi como una promesa-, quiero escribir algo sobre mi pasado, mi infancia, mi pueblo, Extremadura… tengo ganas de ver qué sale de ahí… quizá cuando ya no esté mi madre, cuando vaya al pueblo de forma totalmente independiente”.

Pensamos si esa novela será verdaderamente biográfica. No. Posiblemente, Javier vuelva a jugar si no con la ambigüedad sí con las posibilidades ilimitadas de la literatura. Como un alquimista mezcla y funde la realidad y la ficción, de modo que ofrece una novela macerada de realidad, de ensayo, de crítica, de análisis. Seguiremos preguntando qué hay de real en cada página de Soldados de Salamina, “Fue en aquel momento cuando recordé el relato de mi primer libro que Bolaño me había recordado en nuestra primera entrevista, en el cual un hombre induce a otro a cometer un crimenpara poder terminar su novela, y creí entender dos cosas”; nos preguntamos también qué hay de biográfico en La velocidad de la luz, “Cuando no trabajábamos ni escribíamos o pintábamos nos dedicábamos a patearnos la ciudad, a fumar marihuana, a beber cerveza y a hablar de las obras maestras con las que algún día nos vengaríamos de un mundo que, a pesar de que aún no habíamos expuesto un solo cuadro ni publicado un solo cuento, considerábamos que nos estaba ninguneando de forma flagrante”; qué hay en común entre Javier y Álvaro, el protagonista de El móvil, quien buscando una novela real, la vida… o el argumento… o la narración se vuelve en su contra.

“Es que la novela da para mucho, es bonito explorar los límites de los géneros”, y en esta aventura le gusta ir de la mano del lector. “Escribir es una aventura en la que el lector te acompaña, a medida que yo descubro, el lector también va descubriendo. Quién soy yo para sustraerle de ese placer”. Sin duda, Javier Cercas es capaz de arrastrar al lector en los “procesos de averiguación” de la novela para poder llegar al final e, incluso, cuando se llega el misterio, el enigma sigue ahí. “Es cierto, a la hora de comenzar una novela, tengo una idea bastante vaga, no tengo un plan fijo y todo se va definiendo según vamos avanzando”.

En este viaje dice haber un “ten con ten” entre la novela y el novelista, el argumento y el autor. “La novela te maneja y la manejas; establecemos unas reglas del juego y vamos obedeciendo a esas reglas”. Esta relación con el lector, este ir descubriendo a la par, esta capacidad de sorpresa que transmite el texto mismo, este hacer de la novela una realidad, “al menos mientras se esté leyendo”, nos lleva a hablarle de Kafka. “Me subyuga”. Uno de sus autores de cabecera. “Kafka consigue que la historia tenga la textura exacta de los sueños. Consigue convertir a la realidad en una pesadilla… Kafka y Borges… -calla unos instantes- sí, Kafka y Borges los dos más importantes de la literatura”.

Borges. Es entonces cuando recordamos un fragmento de un artículo que muestra la ironía y el humor de Javier. “Escribo porque a los 15 años yo tenía una profesora radiante: un día la interrumpí en clase al grito de que estaba buenísima y ella, que estaba explicando Borges, me expulsó de clase y yo me impuse como penitencia la lectura de las obras completas de Borges, cosa que todavía no he terminado de hacer y que no creo que termine de hacer nunca, porque en realidad es imposible” (Por qué escribir, artículo publicado 11/03/2007 en El País).

Vemos, entonces,(o quizá sólo imaginamos… A estas alturas del encuentro tenemos la sensación de que
la realidad y la ficción se fusionan también ante nuestros ojos), vemos, como decíamos, a un hombre con un sentido del humor en cierto modo maleable, como las novelas, un humor que puede ir desde el cinismo, la ironía o el humor negro, a la socarronería, al genio o, simplemente, a la carcajada abierta e infantil. “¿Humor?, claro… si no te ríes… la risa es una de las pocas cosas que nos salva. ¿Nos tomamos una cerveza?”. Un nuevo salto de tema.

Es hombre inquieto mental y físicamente. Ha sentido necesidad de salir y acepta, casi con la impaciencia del niño, una sesión de fotos en su estudio. “Es que salgo poco…”, y como si hiciera un aparte teatral añade “claro que será porque no quiero”. Nos mira. “Salgo poco y estaba inquieto por que llegarais para salir a tomar una cerveza”. Se quita las zapatillas y se calza unos zapatos de cordones. “¿Y mi chaqueta? ¿y mi bufanda?”. Hay que levantar papeles y libros para encontrar ambas cosas. Es un desorden ordenado, nos dice. Cuesta creerlo.

Salimos hacia Travesera de Gracia. Es buen conversador. Y hablamos de política, del eurodiputado Alejandro Cercas. “Es mi primo”. En estos días, con sus enmiendas, ha conseguido tumbar en el Parlamento Europeo una propuesta que elevaba el tiempo de trabajo semanal de 48 a 65 horas. “Sí, sí lo he leído. La política me interesa mucho, pero desde fuera, porque conmigo como político el país se iría a la mierda. No tengo vocación ni temperamento”. Y nos habla del político como si en ese momento estuviera ideando o moldeando un futuro personaje. “Cuando un político habla de su experiencia vemos que para él la política es su droga dura, por eso es interesante el político
como personaje; es como un deportista de élite que sufre, que está sometido a enorme tensión y sacrificio… claro que si es un político de raza y no de mangoneo”.

Precisamente, la política es punto central de su próxima novela. “No sé si llamarlo novela, es algo muy mezclado, muy mestizo… tampoco lo puedo llamar ensayo… es como un saco donde voy metiendo cosas. ¿El contenido? Política, historia –hace una pausa y sonríe- no os voy a contar más”. Y un nuevo salto. “De Cáceres me acuerdo mucho de el Figón de Eustaquio, sus ancas de ranas y sus huevos fritos…”.

“Quizá algún día me traslade medio año a Extremadura, y viva medio año aquí y medio año allí… Es un vínculo muy fuerte el que tengo… los ancestros, la sangre… aunque hablase chino sería extremeño”.

Es el momento de irnos. Se nos ha hecho corto el tiempo. Javier ahora comenzará a leer El niño con el pijama de rayas. “Algo tendrá ese libro… digo yo”.

Texto: Mari Cruz Vázquez

Fotografias: Álvaro Fernández Prieto

Dejar un comentario

 

 

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies ACEPTAR