HERVÁS, EXTREMADURA

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Dicen que un aura mágica envuelve a la noble villa, un hálito de historias de antiguos pobladores cristianos y árabes; de errantes colonos judíos que lloran desde sus lejanas tumbas por la tierra perdida, o de los que volvieron para convertirse a una nueva fe. Imágenes de  fortalezas, ermitas y sinagogas. Quiméricas historias de amor, de penalidades y abnegados sacrificios, una sensación de nostalgia que se reconoce visitando sus lugares históricos, o el viejo barrio judío, contemplando las fachadas de adobe con sus entramados de madera, los voladizos y las terrazas ajustadas a los constreñidos espacios de las recónditas calles, que atraen la sugestiva mirada del visitante que intenta recrearse en aquellos oscuros tiempos de difícil coexistencia. En ese descubrir surge el sonido del agua de los pilones de piedra,  que durante siglos no ha dejado de brotar, salpicando los empedrados callejones, aguas que discurren y convergen en el río Ambroz, junto al puente y la fuente de la Cruz Chiquita, ahora escenario de representaciones teatrales durante las fiestas de los Conversos, bajo la pétrea y desvastada mirada del yaciente, pero erguido, benefactor hervasense Alonso Sánchez, cuya lápida sepulcral, tallada en 1395, permanece en el pretil del puente desde finales del siglo XVIII, cuando fue trasladada desde la iglesia parroquial.  

Asentada sobre la vertiente sur de la Sierra de Bejar, Hervás se descubre en un inmejorable marco natural, bajo el abrigo de montañas desde cuyos oteros se revela su perfil y territorio, emergiendo de la exuberancia vegetal, bajo el rumor de las gargantas que riegan el Valle del Ambroz. Alcores de reminiscencias celtas como Pinajarro, evocadores como Valdeamor, de orográfica similitud como los Hermanitos o el Pico Calvitero, en la Sierra de Candelaria. Montañas bañadas por centenares de fuentes y manantiales que brotan sobre las escarpadas formaciones rocosas, modelando torrenteras y cañadas, generando los ríos Gallego, Ambroz y Santihervas. Sierras de agua  que sirvieron de reclamo a los  animosos colonos cristianos  que fueron repoblando las tierras reconquistadas a las huestes almohades.  La silueta de una vieja torre templaria y una leve cinta de muralla, nos descubren la antigua raíz guerrera, que luego serían asimiladas por los sacramentados muros de la iglesia parroquial de Santa María que corona y rige desde el siglo XVI  la urbe hervasense, tal como hoy se la conoce.

El primer vestigio que nos habla de Hervás es una ermita ya desaparecida a los pies de un río, un pequeño templo religioso del que sólo se conservan unas columnas medievales, cuyos arcanos trazos nos hablan de antiguos monjes guerreros que la consagraron a los santos templarios San Protasio y San Gervasio. De este último deriva el topónimo del río Santihervas y de la propia Hervás. Las antiguas columnas ahora son sostén de una cárcel de la Inquisición, que también nos recuerda a los pobladores  judíos que se establecieron en la villa durante el siglo XV.

El conjunto histórico ha conservado los antiguos trazados urbanos, que le confieren una atractiva perspectiva a los ojos del visitante. La iglesia de Santa María se erigió en la parte más elevada, sobre una antigua fortaleza templaria, de la que se preserva la Torre y parte de la muralla. Otra  interesante muestra monumental es el Convento de los Religiosos Trinitarios que fue fundado por María López Burgalés en el año 1664, con una capilla y diez habitaciones. En 1682 se agregaría la iglesia de San Juan Bautista. El claustro y las dependencias son en la actualidad una hospedería tutelada por la junta de Extremadura. Fue residencia trinitaria durante 300 años, hasta la Desamortización de Mendizábal en 1836. Desde 1664 hasta 1727, sus monjes se ocuparon de la vida estrictamente conventual. Posteriormente, en la segunda década del siglo XVIII, se convirtió en un centro de estudios teológicos y filosóficos. La fundadora junto a su hijo, cristianos nuevos, querían resarcir su pasado judío y las continuas ofensas de los cristianos viejos a su familia y al resto de afines conversos.

Otros lugares de interés para el visitante es la Casa Palacio de los Dávila, que acoge el Museo Pérez Comendador-Leroux, con la obra permanente del  escultor de esta villa, Enrique Pérez Comendador; y el magnifico y amplio parque municipal realizado en 1940, reflejo de las simetrías y trazados de los parques versallescos, junto a una chopera y un parque infantil, donde se reúnen los hervasenses  al atardecer para relatar los aconteceres presentes y futuros de su pueblo.

El primitivo sostén económico de Hervás fueron los cientos de hectáreas de castañar que ocupa su territorio, materia prima con la que se fraguó una inherente industria del mueble, reconocida en todo el ámbito nacional. En la actualidad una veintena de talleres de ebanistería encaran las vicisitudes económicas y la competencia de las grandes multinacionales con la  fabricación de muebles de calidad.  Hace treinta años, cuando funcionaba el servicio ferroviario, era frecuente ver en la estación apiladas infinidad de banastas de madera para su transporte, maderas con las que además de mobiliario, los artesanos hervasenses realizaban sus trabajos de cestería, o los de la tonelería, con dos fábricas de toneles: una muy importante en los años 1930, con más de cien obreros.

Aunque el castañar es comunal, también existen los castañarejos, pequeñas plantaciones heredadas que, al desaparecer, los antiguos usos artesanales han degenerado en montaraces sotos sin rendimiento económico. Otro importante motor económico durante los siglos XVIII y XIX, fue la industria textil. En el año 1716 se instauró la primera fábrica de tejidos. Una importante industria asimilada a la de la vecina población de Béjar, pero que  la competencia con las textiles catalanas y las barreras geográficas para el transporte de las manufacturas terminó con hacerla desaparecer.

El Barrio Judío

A pesar de existir cierta divergencia sobre la existencia de un barrio judío propiamente dicho, el antiguo arrabal se constituyó en el siglo XV. Algunos historiadores han optado  por señalar diferentes calles que ocuparan aquellos pobladores, como la calle Corredera y la Plaza, ubicadas en el barrio de Arriba, y las calles Rabilero y Vado, en el barrio de Abajo. En estos dominios que ahora ocupan estas vías construyeron sus casas los colonos judíos, atraídos por la riqueza natural del entorno, la protección de la nobleza y de las órdenes militares. Y sobre la exclusividad de ocupación judía lo contradicen las referencias históricas que hablan de convecinos cristianos en alguna de las calles como en la antigua Corredera, hoy Relator González, en los primeros años del siglo XV. En 1969 el barrio fue declarado Conjunto Histórico-Artístico. Las edificaciones son propias de la arquitectura popular del norte cacereño, pequeñas casas de dos y tres plantas, muy constreñidas a las estrechas calles. Viviendas adaptadas a las condiciones orográficas y climáticas propias del entorno, con una temperatura agradable todo el año, adecuadas a sus usos domésticos, y a las circunstancias económicas que les obligaba a utilizar los materiales menos gravosos, como el adobe y la madera de los castaños comunales. Actualmente el barrio lo ocupan personas mayores y algunos talleres de artesanía.

Durante aquellos años de asentamientos judíos, se presupone una convivencia no siempre armónica, sin duda inducida por la ortodoxia judía y la intransigencia cristiana, por lo que sus relaciones, con sus excepciones, se limitarían a los aspectos mercantiles. Esta animadversión se trasladó con posterioridad a los judíos cristianizados, e incluso a aquellos cristianos viejos que llegaron a mantener relaciones maritales con los cristianos nuevos. Poseían una Sinagoga, que situada en la calle Rabilero, cuya propiedad, tras la expatriación en 1492, fue traspasada al patrimonio eclesial placentino; y un lagar de vino, situado en la calle Amistad Judeo-Cristiana, así como viñedos, que fueron donados por los judíos a la comunidad cristiana que instauró la Cofradía de San Gervasio, para posteriormente reconvertirlo en lagar de aceite en el siglo XVIII. En el lagar la comunidad judía elaboraba el vino kosher, siguiendo unas estrictas normas religiosas para ser consumido por sus adeptos, como que la  recolecta del viñedo se realizara cada siete años, teniendo un cuidado especial en que la uva llegase entera a la prensa; un proceso que sólo lo podían llevar a cabo los judíos, con un rabino testificando, para declararlo kosher o puro. Era un vino ritual, dulce,  de cepas con mas de cuatro años de edad, abonadas dos meses antes de la vendimia, y para cuya fermentación y almacenado no podían usar levaduras. A las bodegas no podían acceder los no judíos.

Muchos se han preguntado sobre la existencia de un cementerio judío y, aunque algunos investigadores lo sitúen en las traseras de la  sinagoga, los historiadores apuntan a que los difuntos eran  trasladados a la cercana población de Béjar, o a otras localidades con cementerios propios. El edicto de expulsión promulgado por los Reyes Católicos sorprendió a muchos pobladores hebreos que tuvieron que malvender sus propiedades o incluso dejarlas abandonadas, con sus tierras preparadas para la recolección. En febrero de 1494 un número de judíos, accediendo a la conversión, regresaron acogidos al mismo edicto de los Reyes Católicos, adoptando apellidos cristianos. Algunos de estos cristianos nuevos siguieron practicando su fe en secreto, pero las denuncias a la Inquisición llevarían a muchos de ellos a morir en la hoguera.

Aunque hablar de Hervás, es retrotraerse a su historia, con su impronta tradicional e incluso legendaria, uno de los principales focos de atracción turística es sin duda su entorno natural privilegiado. Siguiendo los zigzagueantes senderos que serpentean por el valle descubrimos tierras fragosas, bosques de castaños y pinares, laderas abancaladas donde crecen los cerezos y los olivos. Hoy en día todavía es posible encontrar almiares dispersos, con el pasto segado que servía de sustento al ganado o a las caballerías que utilizaban los hervasenses para arrastrar los troncos de los castaños desde la escabrosidad montañosa, madera que apilaban en la estación de ferrocarril para su transporte a las industrias madereras y fábricas de muebles. El tráfico ferroviario fue clausurado, por razones económicas, en los años 1980. Ahora la estación es un moderno albergue y las vías muertas sólo las utilizan senderistas o grupos de jóvenes a los que se les enseña educación ambiental, una vía muerta cuyo acondicionamiento en un corredor  verde supondría una importante fuente económica para los pueblos del norte extremeño y las tierras salmantinas. No hace muchos años también hubo tentativas de abrir la antigua línea de ferrocarril “Via de la Plata”, que surcaba todo el oeste español.

Hervás y  el conjunto de pueblos que forman la Mancomunidad del Valle del Ambroz, cuentan con una red de 14 senderos con señalización homologada, algunas reconocidos y multitudinarios, como la Ruta de los Bosques del Ambroz, que se desarrolla dentro del programa cultural denominado “Otoño Mágico”, que discurre entre la población de La Garganta y Segura de Toro, con 38 kms. de  recorrido. En Hervás la más conocida, con 30 kms., es la Pista Heidi, que bordea todo el circo del valle, y que recorre los senderos utilizados por los trabajadores que repoblaron las sierras del valle: una comarca de 8000 habitantes y seis pueblos en un espacio muy aglutinado. Hervás con 4000 habitantes, llega a doblar su población en la estación veraniega, para lo que cuenta con amplia infraestructura de alojamientos, con un censo actualizado de 1081 camas, a los que añadir apartamentos de alquiler y los campings existentes.

Hervás emerge de la floresta en un pequeño e idílico valle, casi oculta para no desvelar sus  secretos atávicos, pero que se descubre como una urbe extremeña que ha sabido preservar su historia y el sortilegio de las diferentes culturas que conformaron su identidad.

Texto: Roberto Machuca

Fotos: Rocío Gallardo.

Agradecimientos:

Oficina de Turismo de Hervás

Emiliano García

José Vicente Blanco

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1 comentario

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