Especial 8 de marzo. Día Internacional de las mujeres.

 

La Diputación de Cáceres con la campaña “Mantener lo conseguido, afrontar los desafíos”, nos da a conocer a 8 mujeres extraordinarias

1. Teresa Heredia “Vivimos un despertar de la mujer gitana”

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Licenciada en Derecho. Trabaja en el proyecto “Calí, por la Igualdad de las mujeres gitanas”, de la Fundación Secretariado Gitano de Cáceres y cofundadora de la asociación de jóvenes “Aire nuevo Caló”

“Desde pequeñita ya intentaba mediar en los distintos asuntos de casa, entre mis hermanos…”. Vamos, que Teresa se sabía con armas y habilidades suficientes para hacer que las cosas fluyeran por el camino correcto. Y lo hemos podido comprobar. Lo pudimos comprobar cuando nos encontramos con ella en la Facultad de Derecho de Cáceres. No estudió aquí pero sí nos cita aquí. Parece que las aulas, los largos pasillos, las conversaciones en las escaleras y los últimos repasos en la cafetería de la facultad parece que le tiran.

Es gitana, sexta hija de un matrimonio gitano de Dalía, un municipio de la Alpujarra almeriense, educada con unos principios “tradicionales, ni mejores ni peores –puntualiza-, principios y valores que son los que conocían mis padres”. Eso sí, entre esos principios estaba el respeto y ese fue el que ella sintió cuando decide comunicar a sus padres que quiere estudiar, que quiere estudiar Derecho y que para eso tiene que salir de casa, trasladarse a otra ciudad, abandonar temporalmente la casa familiar, romper, en cierto modo, con estereotipos tan limitativos como ese que dice “si estudias es que te estás apayando”. Como quien recibe de regalo alas para volar, Teresa se siente no solo apoyada sino animada. Una vez más, rompiendo estereotipos.

Tres obstáculos

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Todo en Teresa, su mirada, su sonrisa, su ceño, a veces, su tono de voz, su movimiento de manos… todo en Teresa nos habla de decisión, de duende y genio gitano. “Es cierto que a veces tengo que luchar para superar tres obstáculos: ser mujer, gitana y joven”. Y con plena consciencia de que va a ser así, tras terminar los estudios de Derecho, decide incorporarse al programa que la Fundación Secretariado Gitano está desarrollando en Cáceres: “Calí, por la igualdad de las mujeres gitanas”.

Un programa para ayudar a esas mujeres que “necesitan un empujón” para que sean partícipes ellas mismas de la lucha contra la discriminación, contra los estereotipos que inmovilizan a la mujer gitana en el papel de madre y esposa o contra las desigualdades. Y qué mejor que la persona que encabece este trabajo sea una mujer gitana que no cumple los tópicos. “Yo les hago ver que somos una nueva generación, que nuestras circunstancias sociales y económicas ya no son como hace cincuenta años y que podemos seguir manteniendo nuestros valores pero adaptándolos a los nuevos tiempos”.

“¡No! –nos dice tajante- Jamás se me ocurriría decirles lo que tienen que hacer, lo que les digo es que dediquen tiempo a ellas mismas, que hagan lo que hagan sea porque ellas quieren hacerlo y no porque alguien les obligue o por el qué dirán”. Es la única forma, aclara, para el tan referido empoderamiento de la mujer.

Acabar con la “superwoman”

Es en este momento cuando dice que hay que luchar por acabar con la “superwoman” que, intencionadamente, unos, e inconscientemente, otros y otras, han ido creando. “Las mujeres hemos conseguido irnos incorporando al mundo laboral, pero a la vez hemos ido creando esa imagen de multimujer: mujer que trabaja en la casa, fuera de la casa, que atiende a los niños, a sus clases y sus deberes, al marido… Es hora de decir basta”.

A estas alturas de la conversación Teresa nos ha reiterado en más de un momento que estas discriminaciones o desigualdades se dan en toda la sociedad, “en la comunidad gitana y en la comunidad mayoritaria”, e insiste en la necesidad de romper ideas transmitidas, incluso, a través de programas de algún medio de comunicación. “Alguno de ellos nos ha hecho mucho daño, reflejan una comunidad gitana que no es así, pudo ser así hace mucho tiempo, puede haber algo, pero hoy no es así, y esos programas no nos hacen ningún bien, y mucho menos a la mujer”, a la que dan un papel sumiso ante el hombre.

De la pareja

Agunos miembros de Aire Nuevo Caló

Nos atrevemos a preguntarle por su relación sentimental. ¿Cómo es la relación de esta joven gitana, con estudios jurídicos, con su pareja? “Bueno, mi pareja no es gitana, pero en cualquier caso no podría estar con un hombre que no tuviera la misma visión que yo en cuanto a valores, en cuanto al respeto mutuo. Fuera gitano o no, jamás podría estar con una persona que se sintiera por encima de mí, y como yo muchas gitanas de hoy en día, porque el rol de la mujer gitana ya no es el que tenía en los años Cincuenta”.

Y lo dice una mujer gitana hasta la médula, de perfil jurídico, que nos pide que la miremos: “Soy gitana, ¿pero dirías que soy gitana, según esos falsos cánones, si me encuentras en una clase de la Universidad? Pues como yo hay muchos gitanos y gitanas en las universidades, estudiando, preparándose, sabiendo que estamos en otra época y felicitándose por ello”.

Pero el haber salido de su tierra, de su casa no significa que esta joven jurista olvide de dónde viene. Ya tiene planes: opositar para inspector de Trabajo. “Vengo de una zona donde la explotación laboral a los trabajadores ha sido y es enorme; estoy concienciada; quiero ser inspector de trabajo”. Es firme y segura a sus 25 años, algo a lo que contribuyó, sin ninguna duda, el hecho de que sus padres y sus hermanos y hermanas mayores la animaran “a ser lo que quisiera ser, al margen de tradiciones o costumbres”.

“¿Que si la legislación en materia de mujer está bien hecha?”, sonríe tras repreguntarnos nuestra pregunta. “En el papel cabe todo. El asunto y lo importante es ponerlo en práctica, llevarlo a la calle, concienciar a las personas y a los responsables para que ese papel se cumpla, y ahí tenemos que estar”.

Nos despedimos sabiendo que no habrá descanso, allá donde Teresa decida ir, para los que quieran ignorar los derechos de los trabajadores y trabajadoras y, por supuesto, los derechos de las mujeres, en plural, siempre en plural, porque son muchas y muy distintas.

2. Silvia Tostado: “Amar es un derecho de todos y de todas”

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Madre de familia homoparental.

Trabaja en la Fundación Triángulo en Cooperación al Desarrollo y en el área de Familia.

Nos encontramos con Silvia Tostado en un parque de Miajadas, “mi pueblo”, el tono de orgullo lo percibiremos en más de una ocasión a lo largo del encuentro.

Aquí entrevistamos a Silvia, de 35 años, pero Silvia es también Noelia, su mujer; es también Julia, su hija de tres añitos; es también el niño que lleva en el vientre, como también es el reflejo de tantas y tantas mujeres que, sin embargo, por miedo al rechazo no dan el paso para hacer visible algo tan íntimo como mostrar que aman a quien desean amar o mostrar que se sienten como se quieren sentir. “Amar es un derecho de todos y de todas -dice Silvia- y esto es tan objetivo que no podemos volver atrás, estamos en una marcha imparable, pero tenemos que estar muy al tanto para no perder derechos conseguidos”. Derechos como los adquiridos tras el cambio en el Código Civil, hace 11 años, para que personas del mismo sexo pudieran casarse, o tras la aprobación de la ley de Identidad de Género que, en 2007, comenzaba a ayudar a la visibilidad.

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Bien sabe Silvia que la visibilidad es una de las herramientas para seguir avanzando en la igualdad de derechos, en este caso en la igualdad de derechos de personas homosexuales. En su caso, se han sumado a lo largo de su, todavía corta vida, dos discriminaciones: ser mujer y lesbiana. “Las discriminaciones son múltiples y se acumulan”, y para evitar el hacinamiento de injusticias hay que “llamar a las cosas por su nombre, darles visibilidad” y a partir de ahí luchar por los derechos. Nos dice que ella ha hecho de su visibilidad un activismo, “y con que solo a una chica le haya servido para darse cuenta de que no está sola, me vale”.


“La homofobia no pertenece ni a pueblos ni a ciudades”

Y el camino no es fácil, “porque nos educaron para mirar con reparo y rechazar lo diferente”. Dentro de la firmeza que muestra, que podría parecer inflexible, Silvia cambia fácilmente el tono para exclamar: “¡Cómo no va a ser difícil para la gente que nos rodea si lo es en primer lugar para uno mismo, si uno mismo necesita un tiempo para aceptarse!”

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En esa firmeza flexible descubrimos su grandeza. Paciente, Silvia concede tiempo a su gente, su familia, sus amigos, hasta que decide mostrarse tal cual es en su lugar de nacimiento.

Y aquí, eleva la voz nuevamente para acabar con vetustas ideas. “Aún hay gente que piensa que  vivirse y mostrarse tal cual uno se siente es impensable en un pueblo, que es mejor el anonimato de la ciudad”. Algo que, efectivamente, más de una vez se ha podido escuchar, sin embargo, Silvia nos hace ver que “la homofobia no solo no pertenece a los pueblos ni a las ciudades, sino que en los pueblos hay vínculos, afectos difíciles de borrar, así que aquí yo no solo soy Silvia Tostado, sino que soy hija de, hermana de, prima de; mientras que en una ciudad, te pueden echar de un local por besar a tu mujer y nadie moverá un dedo por ti, nadie te conoce”.

Esta cercanía de los pueblos será otra herramienta que ponga en práctica Silvia. “Vivir en un pueblo me ha permitido sentarme con personas mayores y jóvenes y poder hablar con ellas cuestiones sobre las que jamás habían hablado ni habían preguntado”.

Sí es cierto, decimos, que a lo largo de los años parece que los hombres homosexuales han ido por delante en cuanto a visibilidad se refiere, y Silvia regresa a esa doble discriminación que puede sentir una lesbiana. “Sí, el hombre homosexual ha podido visibilizarse antes, pero en el porqué de ello hay una raíz profunda que está en el machismo, porque la afectividad pública entre hombres estaba mal vista, mientras que mostrar afecto públicamente entre las mujeres era natural, así que nos podíamos esconder bajo el velo de la amistad, una ventaja en el momento de persecuciones y encarcelamientos, pero una losa a día de hoy. Nuestra invisibilidad se ha convertido en una losa”.

A esto se sumaba también el papel puramente reproductivo que se asignaba a la mujer en el ámbito de la sexualidad, por lo que “no se hablaba de la sexualidad de la mujer como placer o como disfrute de su cuerpo, algo que ahora rompe muchos cristales porque en la relación entre dos mujeres el papel ya no es reproductivo”. Cimientos de los que se partían pero que hoy en día, gracias al activismo, van desmoronándose poco a poco.

Mostrar en positivo la diversidad

Y ayudando a ese derrumbe y a romper los cristales que hagan falta, Silvia y Noelia deciden ser madres, deciden acudir a la inseminación. “Te surgen dudas -reconoce-, nosotras estamos preparadas para criar un niño, para dar amor y crear un espacio de convivencia, ¿pero… y ahí fuera? ¿la sociedad está preparada?”. Rápidamente Silvia y Noelia tropiezan con situaciones que discriminan a la pareja formada, en este caso, por dos madres, por ejemplo en el ámbito normativo, que obliga a casarse a las dos madres para afiliar a sus hijos y en el ámbito de la escolarización. “Hay que hacer que los docentes tengan herramientas suficientes para hacer que los niños puedan visibilizar los distintos modelos familiares que hoy en día existen, que los niños se reconozcan en ellos. Se trata de saber mostrar en positivo esa diversidad en la que todos estamos inmersos. Nos ahorraríamos mucho en psicólogos”.

Se ha levantado el aire. Es momento de despedirnos. Silvia pone sus manos sobre su vientre, ya lleno de vida. “Por cierto -le preguntamos-, ¿va a ser niño o niña?” “Por el momento sabemos que tiene pene, luego que decida quién quiere ser”. Nos gusta cómo recalca ese “quién”.

3. Pilar Porras, con una sonrisa siempre pintada en la cara

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Pintora y bordadora con la boca. Becada por la Asociación internacional de Pintores con la Boca y con el Pie

Incluso cuando sujeta el pincel entre los dientes, incluso en ese momento, Pilar Porras sonríe. “Y hablo, también hablo mientras pinto”. Es lo primero que llama nuestra atención cuando nos encontramos frente a ella en la puerta del Centro de Atención a Personas con Discapacidad Física (CAMF) de Alcuéscar. Su sonrisa. Grande, como si sonriera a todo el mundo a la vez. Y con ella nos arrastra al Salón de Plenos del municipio, que será donde charlemos largo y tendido.

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Quizá Pilar Porras desde siempre supiera que quería ser “ella misma”, sin embargo, para muchos no sería fácil pensar que esa niña que nace sin posibilidad de mover brazos y piernas, esa niña que en la casa de Jaraicejo se arrastraba por los suelos podría alguna vez ser casi casi lo que ella sueña cada mañana. “En mi casa no había poderes -recuerda- así que no tuve silla hasta que nos dieron un sillón de madera de unos señores de Navalmoral que fallecieron, y mi padre le puso unas ruedas de moto. Fue mi primera silla de ruedas”, la eléctrica no llegaría hasta que ingresara, ahora hace 22 años, en el CAMF.

Sin embargo, con aquel pesadísimo sillón comenzó a ver aún más posibilidades. La inquietud de Pilar inquietaría si no viéramos que todo lo que se propone lo consigue. “Sabía que no podría subir escaleras ni montañas, pero sí aprender, así que le pedí a mi hermano pequeño que me enseñara las letras. Luego, cuando tuve 20 años me apunté a un curso por correspondencia de cultura general”.

Le hubiera gustado ser maestra, pero para eso tenía que trasladarse a Navalmoral, “y no había posibles”, repite. Sin embargo, sonríe con un visible orgullo cuando le decimos que es “una estupenda maestra de la vida”. No muestra modestia, tiene muchas más cosas que mostrar.

“Yo misma me lavo la cara”

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Y por eso, porque tenía muchas cosas que mostrarse a ella misma, quiso salir de su casa e ingresar en el centro. “Como era lógico, desde niña, me protegían mucho, y yo quería vivir mi vida, además, aquí tenía a mi media naranja”, nos dice endulzando aún más la voz. Doce años de matrimonio y diez años ya sin él.

Pero había que seguir. “Nunca me he sentido inútil porque si tengo una discapacidad, también tengo la capacidad de ir a más cada día, irme superando cada día que pasa”, y prueba de ellos son sus cuadros, sus bordados, su ganchillo, sus bolillos, sus encuadernaciones y hasta sus plantas, “las riego yo misma”. La miramos hasta con pudor ante su fortaleza. Una mujer elegante y presumida, maquillada, peinada, cuidadas las manos diminutas que mantiene pegadas a su pecho. “¡Sí, sí! Yo me echo las cremas en la cara, me lavo la cara, me maquillo, me peino… todo lo hago con ayuda de palos adaptados para cada cosa. Mi habitación está repleta de palos”, ríe.

Y llega la beca

A este remolino de deseos e inquietudes, se sumó la pintura. Casi 20 años pintando para la Asociación internacional de Pintores con la Boca y con el Pie, “fue como una ventana enorme que se abría ante mí cuando ya tenía 52 años, fíjate”. Así comenzó las clases con Marisa Escudero, profesora a la que recuerda agradecida.

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A partir de ahí todo parecía ir rodado, sobre todo porque a todo se lanzaba Pilar. Solicitó una beca a la Fundación y la obtuvo. “Cuando me dio la carta la directora de entonces del centro, Ana Garrido, me eché a llorar; ni Ana ni mi marido entendían nada, pero ¡fue tal la emoción! Es tener un trabajo como el que vosotros tenéis, unos lo hacen con las manos y otros con la boca”.

Así, cada año hace un envío de una media de 14 cuadros a la Asociación. “Sobre todo acuarela porque, aunque también he hecho otras técnicas como el acrílico o la témpera, éstas son más complicadas para adaptarlas a mí”. Y esta pasión la va alternando con otras muchas como la encuadernación, el bordado o las excursiones. “Los hombres son menos echados para adelante, la mujer muestra más coraje”, nos dice, a la vez que anima a todos los hombres a no dejarse.

Y llega también el momento de dirigirse a toda la sociedad al completo. “Nosotros nos tenemos que sobreponer a las dificultades pero la sociedad nos lo tiene que hacer más fácil, aún nos queda mucho en cuestión de espacios públicos adaptados y en cuestión de trato. La gente nos tiene que mirar como personas con capacidades y no como pobrecitos o pobrecitas, una palabra que aún se mantiene y que cuando la oigo yo pienso ¿quién será más pobrecito tú o yo?”.

Miramos sus cuadros llenos de colorido, de delicadeza, de sensibilidad y de fuerza, como la que muestra en la fotografía de la Jura de bandera. “Yo he jurado bandera -nos espeta de pronto levantando la barbilla-. Era un sueño, una ilusión, mis cuatro hermanos habían jurado, ¿por qué no yo? ¿eh? ¿Por qué no yo?”. Sí, respondemos con absoluta convicción ¿por qué no tú?

La dejamos trabajando en su siguiente obra, un paisaje visto a través de una ventana abierta, siempre abierta.

4. Antonela Landeros , la forja de un sueño

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Inmigrante argentina
Empresaria en Cáceres con su proyecto IC3D rama de la mercadotecnia y la publicidad. IC3D

Tiene apenas 27 años y ya hace ocho que “cruzó el charco”, como ella dice, en busca de un sueño. No ha sido fácil, no han faltado obstáculos y momentos de desánimo, pero hoy nos recibe en el local de su empresa, en una calle céntrica de Cáceres, para hablarnos de ese sueño que trajo la que era casi una niña y que hoy se muestra una mujer sin freno.

Antonela nació en Rosario, Argentina. Debido a la crisis económica argentina de 2001, sus padres y hermanos viajan a España en busca de oportunidades. Antonela quedará allá todavía durante unos años, con sus abuelos. Tras acabar sus estudios de Ciencias Económicas, en 2009, partirá dirección a España, a Extremadura, concretamente.

“Llegaba con mucha ilusión, con unas ganas enormes de cambiar mi vida, de encontrar calidad de vida y un trabajo que me llenara”. Sin embargo, recuerda cómo chocó, entonces, con la crisis económica española, cómo su formación no era convalidada, cómo la burocracia abortaba sus sueños iniciales, cómo se tenía que conformar con trabajos que no eran lo que ella había soñado. “Ningún trabajo desprestigia, pero yo tenía un proyecto, quería llevar a cabo mi proyecto”. Quizá por eso decidió trabajar en todo lo que pudiera, “como auxiliar interna al cuidado de ancianos y niños, como friegaplatos, como chef de cocina…”

Dando forma al sueño

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“Me negaba a conformarme con lo que la sociedad me daba y lo que quería esa sociedad imponerme, así que fui dándole forma al sueño”. Y en aquel momento echó la vista atrás, a su historia. Ella conforma la cuarta generación de una familia dedicada, de una manera u otra, a la rama de la publicidad. “He crecido entre imprentas -recuerda- mi abuelo es un diseñador formidable, pero también lo era mi bisabuelo, mi tatarabuelo, y mi padre y mis tíos también han trabajado en este mundo, así que decidí indagar y ver en qué podía yo innovar y qué podía yo ofrecer aquí en Cáceres”. Buscó la formación necesaria, hizo cursos, asistió a charlas, acudió a asesoramiento hasta que “pude decir: vale, ya tengo mi proyecto, ya sé lo que quiero abarcar, a qué tipo de personas me quiero dirigir…”. Tenía todo para pensar que los siguientes pasos serían fáciles. “Sin embargo -cuenta-, fue cuando empezó la montaña rusa de la burocracia. Siempre había cotizado pero en Extranjería me pedían de todo, infinidad de papeleos, infinidad de planes de empresa, infinidad de todo… Menos mal que Extremadura me dio la oportunidad de conocer a mucha gente, muchas asociaciones como Fundación Mujeres o Derechos Humanos, que me decían tranquila, no estás sola, y me ayudaron a sortear los problemas, y así a poquito a poquito…”.

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Antonela mira firme, de forma cálida, pero muy firme y de frente. Rápidamente se percibe en esa mirada su disgusto cuando nos relata aquella visita a Extranjería, una de tantas, que con su proyecto sobre la mesa, “me sugirieron, me dijeron que tendría más facilidades con otro tipo de empresas como de limpieza o de atención domiciliaria. ¡Pero es que este es mi proyecto!, les dije”. Continuó con calma, nos cuenta, “seguí adelante con mi sueño”. Será precisamente este mensaje el que en más de una ocasión lance, “me gustaría decirles a todas esas mujeres que cruzan el charco, que vienen por conseguir un sueño, que no lo olviden, que no lo olviden al margen de obstáculos, que el sueño les está esperando”.

Reconoce que cada día hay obstáculos, “cada mañana sé que me los voy a encontrar, pero me acuesto pensando que tengo dos opciones: encontrarle la solución o no encontrársela, así que me voy a dormir tranquila sabiendo que alguna de las dos opciones tendré”, bromea. A lo largo de estos estos años en España dice que ha podido darse cuenta de que vive en un país “muy preparado para recibir nuevas ideas, nuevos proyectos, gente con inquietudes”, al margen de si se es “mujer, joven y extranjera”, tres cuestiones con las que ha tenido que contender en más de una ocasión. “En la rama de la publicidad hay muchos hombres, y tengo que tratar con ellos. Hombres de más de 30 años que, más de una vez, me miran casi como preguntando: ¿Y tú qué sabes de esto, si no te ha dado tiempo? Luego queda demostrarlo y si alguna vez me equivoco, me equivoco siendo mujer y siendo joven, no pasa nada”.

No son buenas las comparaciones, pero nos puede la curiosidad por saber qué sociedad, respecto a la mujer, se ha encontrado. “Me ha sorprendido porque la he encontrado más machista de lo que yo pensaba”. No tiene problema al decirlo. No puede tenerlo una mujer que quiere, precisamente, superar cualquier hálito de desigualdad, superar cualquier barrera de género. “Hace falta que la mujer sea algo más guerrera, como decimos en Argentina, que olvide los prejuicios y el qué dirán. Me chocó ver claramente una diferenciación: esto hace la mujer, esto hace el hombre, y ahí no te metas”.

“Nunca abandones”

Algo que puede compartir con el grupo de amigas españolas que ha ido formando en su nueva ciudad, mujeres emprendedoras, empresarias, madres, que comparten momentos de ocio y de trabajo y que “me repiten una y otra vez: Nunca abandones, con las ganas que tú tienes, nunca abandones”. Ellas son, sin duda, un ejemplo y un espejo en el que se mira muchas veces Antonela, “porque algún día quiero ser madre y no por eso dejaré mi trabajo, ni tendré la sensación de culpabilidad de que dejar a los niños en una Ludoteca es tener a tus hijos abandonados, lo que haré será maximizar mi tiempo”, a parte, piensa en alto, de intentar establecer un mejor horario para la conciliación, un deber pendiente en este país, un tema éste que más de una vez abordará con su grupo de amigas. “Mis amigas”, dice tras una pausa, un silencio, “las que me hacen sentir poderosa”.

Continúa hablándonos de sus próximos movimientos, sus viajes para seguir formándose, “clave para el empresario de tiempo y para el que acaba de empezar”. Así, en mayo viajará a Praga para realizar un curso de marketing. “No podemos dejar de formarnos, ahora viajo, pero otras veces a través de internet y en esta región que tantas posibilidades de desarrollo hay en el mundo rural, con internet no hay excusa para no formarse”, y recuerda una época de su nueva vida, trabajando en Serradilla, “un pueblo bellísimo, pero desde el que me tenía que abrir al mundo a través de internet si quería seguir trabajando en mi sueño”.

Nos habla de sus hermanas pequeñas, Camila y Sofía. “Me emocionan cuando me dicen que les encanta verme dueña de mi vida”. Y lo es. Lo ha conseguido.

5. Conchi “La Enramá”: “De la magdalena más pequeña podéis sacar la más grande”

 Empresaria-pastelera en Pinofranqueado con Dulces Artesanos “La Enramá”

La “Gran Lola”, como todo el mundo la conocía, salió de detrás de la barra del bar que regentaba y se dirigió al hombre que acababa de abofetear a una mujer. “Lo cogió de la pechera y con una fuerza increíble lo levantó en volandas y lo echó del local: ¡Ni en mi casa ni en ningún sitio permitiré jamás esto!, gritó”.

A partir de esto entenderemos muchas cosas sobre Conchi, Conchi “La Enramá”, su hija. Llegamos a la Plaza Reina Victoria de Pinofranqueado, en Las Hurdes. Allí, como si hubiera existido toda la vida, Bar Lola. En su fachada, una placa dedicada por todos los vecinos a esta mujer que dejó un hueco enorme con su marcha, contando solo 57 años. Sin embargo, la Gran Lola no marchó sin más. Tras de sí dejó toda una enseñanza de vida, de respeto y de lucha, además de una hija, hoy de 35 años, que lleva el testigo de su madre en su voz, en su mirada, en su fuerza, en su ternura, en su lucha por la igualdad. “Si te rodeas de gente fuerte –nos dirá Conchi-, gente que es tu referente, acabas siendo fuerte, nunca podrás superarles, pero sí seguir su ejemplo, como yo sigo el de mi madre, el de mi abuela o el de Concha Polo, una maestra que vivió en el pueblo y que ayudó a mi madre cuando, hace 35 años, fue madre soltera. ¡Te puedes imaginar lo que eso significaba en un pueblo hace 35 años!”. Su nombre, el de Conchi, viene precisamente de esa mujer fuerte también, Concha Polo, con la que nos encontramos en este mismo espacio hace un año. (Puedes conocerla en este enlace)

Pero volvamos a Conchi. De movimientos ágiles, tanto de cuerpo como de ojos; sale casi de un salto de la Pastelería La Enramá. Nos invita a pasar. Dentro, con la ayuda de otra mujer, Macu, venden los dulces que elaboran en el obrador La Enramá, calle abajo. “¡Vamos al obrador!”, nos dice Conchi sin esperar respuesta. Antes de salir, nos llaman la atención unas palmeras gigantescas de chocolate en las que se puede leer, escrito también con chocolate: Lola. Nos iremos dando cuenta del agradecimiento y reconocimiento permanente que Conchi hace no solo a su madre sino a todas aquellas personas que ha sentido y siente cerca.

“Cuando se tiene un sueño hay que perseguirlo y cumplirlo”

Situados ya junto a un horno y unas bandejas de roscas, Conchi empieza a contarnos, serena y sonriente. “Lo fácil para mí hubiera sido regentar el bar de mi madre, que ya tenía una clientela fija y entregada, pero cuando se tiene un sueño hay que perseguirlo y cumplirlo, y a mí desde pequeñita me gustaba la repostería. Me hubiera metido a monja de clausura por hacer dulces –bromea-, pero me gustaban los mozos”. Así es que trabajando, en un primer momento, con su madre, el dinero que iba sacando lo iba invirtiendo en un pequeño local. “Primero lo alicaté, luego me compré un hornito, una máquina chiquitita… así hasta que hice mi pequeño obrador”. Parte primera del sueño, cumplida.

Siguiente paso, transmitir a la gente la confianza que una misma tiene. “Aunque cuentes con un horno pequeñito, lo puedes hacer grande, y de la magdalena más pequeña puedes sacar la más grande si te lo crees y si los demás están contigo”. Filosofía de trabajo y de vida. “La gente te hace crecer”. Conchi insiste en esta idea, pero nos damos cuenta de que ella también hace crecer a la gente. “Me encanta conocer, hablar, que vengan a verme, darles a probar mi choricito, mi vino y mis dulces…”

Dice saberse parte de ese grupo de personas que trabajan y que apuestan por el mundo rural. “Nuestros pueblos tienen enormes posibilidades. Yo decidí quedarme aquí y sé que a veces no es fácil, pero si tienes fuerza dentro de tu cabeza la puedes sacar fuera”. Se anima y habla casi sin pausa. “Ojalá se abrieran muchos negocios en los pueblos. Odio cuando escucho eso de que si abren otro negocio como el mío es que me están haciendo competencia. ¡No! Que abran uno y otro y otro y otro… Eso hará crecer a los pueblos. Pino es un referente”, nos dice con orgullo.

Le pedimos que nos hable de las mujeres de hoy en día, las mujeres que viven en las zonas rurales. Vuelve a su querido pueblo, a su querida comarca. “Yo creo que aquí en Las Hurdes, quizá porque hubo un tiempo que lo tuvimos más difícil que en otros sitios, las mujeres han ido encontrando su hueco, han ido aprovechando las oportunidades que tendían las distintas asociaciones, cursos, actividades, etcétera. Ya han visto que hay una vida fuera de la casa”. Son solo detalles, pero ningún detalle es vano, como, por ejemplo, el hecho de acercarse por la mañana al bar Lola y poder contar 16 mujeres tomando café y un hombre. “Me encanta, porque hace unos años era impensable una mujer sola en un bar”.

Pero hay que seguir, dice, hay que seguir avanzando y haciéndose hueco. “No vale acomodarse y conformarse con que el marido ya trae un suelo, hay que pensar en una misma, rechazar, en primer lugar, esa idea que se tenía de que la mujer antes no trabajaba. La mujer siempre ha trabajado –y recalca ese siempre. Trabajaba en la casa, cuidaba a cinco, seis o siete hijos, atendía a sus padres, a sus suegros, el huerto y el ganado… Mientras el hombre hacía cuatro sacos de carbón y pasaba la tarde en el bar”. Exige, sabemos sin que lo diga, ese reconocimiento que solo considera de justicia.

“Yo no dependo de nadie, sólo dependo de mí misma”

“Además, tenemos que ver la independencia que da a una mujer contar con su trabajo. Yo no dependo de nadie –y se da una palmada en el pecho-, solo dependo de mí misma”. Y vuelve a esa necesidad y esa devoción que siente por la gente. “Hago un llamamiento a que vengan a verme las mujeres que quieran, las que necesiten un empujoncito, si yo las puedo ayudar con mi experiencia, lo haré”.

Se levanta y saca una patatera y un “choricito”. Nos tiende unas rodajas y unos trozos de pan. Seguimos hablando. “¿Que cómo me veo dentro de unos años?… ¡Buf! Me encantaría tener una fábrica de dulces artesanos, con 16 mujeres mayores de 50 años”. No quedará solo en un sueño, lo dice con esa fuerza que le sale directamente de la cabeza y del pecho.

 

6. Rosario Vallinoto: “Todo es relativo menos la ilusión”

Empresaria de turismo rural en el Valle del Jerte con su proyecto “Mi Valle Rural”. Fue ejecutiva de ventas y profesora de Comunicación en las empresas norteamericanas AT&T, Bell-South y PartsBase.

Nos espera a la puerta de una de sus casas rurales, la que está ultimando forma parte de su último proyecto. El río Jerte, a nuestros pies y el majestuoso Valle del Jerte invitándonos al placer más absoluto, ese que ocupa todos los sentidos, porque aquí, en este paraje, eso es posible. Rosario es una mujer que te hace descubrir que hay más de cinco sentidos, pero no les pongamos nombre, como ella suele decir, “no cataloguemos, busquemos palabras que no frenen nada”. Así que no les ponemos nombre, solo nos dejamos arrastrar y… sentimos.

Esta mujer, de padre procedente de Pasarón de la Vera y de madre de El Torno, en el Valle del Jerte, viajó muy joven a Estados Unidos. No nos dice que por amor, pero nos tomamos la licencia de pensarlo porque pudo ser por amor a una persona, por amor a una inquietud, por amor al aprendizaje, por amor a la aventura, por amor a la lucha, por amor a la independencia, por amor a la gente… pero no cataloguemos, a ella no le gusta, es mujer sin barreras en los hechos y en el lenguaje. Decíamos que marchó muy joven. “Salí siendo casi una niña, había estado hasta entonces rodeada de familia y protección, y allí me hice una mujer –nos cuenta-, aprendí a valerme por mí misma, a luchar”.

Batalladora

Según nos va relatando aquellos años, nos vamos encontrando con una mujer batalladora al máximo, los retos y los objetivos se iban sucediendo. “Primero me centré en aprender inglés bien; una vez dominado, me saqué el Real State, la licencia de Agente Inmobiliario, porque sabía que algún día compraría casas, las restauraría y las vendería”, una de sus pasiones que aún tendría que esperar.

“Cuando Cristina, mi hija, era un poquito mayor, comencé a trabajar en AT&T, una empresa de telefonía. Allí la formación era tremenda”, y la aprovechó al máximo, porque de ahí pasó a trabajar a Bell-South, “donde empecé como vendedora desde abajo”, ese desde abajo nos lo recalca y lo acompaña de un silencio, le da una gran importancia en su trayectoria: “desde abajo”. Y aquí también se planteo una meta. “Al mejor vendedor o vendedora le premiaban con una semana de lujo en San Francisco, y yo me dije, si tengo que dedicar parte de mi tiempo trabajando, lo tengo que hacer al máximo”. Ya podemos imaginar quién ganó el premio. “Tuve un propósito y lo conseguí”.

Ahora había que marcarse otro, así que pasó a trabajar a PartsBase, una empresa de maquinaria para aviones. Allí se empapó de todas las experiencias que podía absorber de la enorme cantidad de gente de todo el mundo que pudo conocer. “Cuanta más gente conozcas, más fuerte te vas haciendo, porque no somos una isla, formamos parte de un universo y tenemos que estar conectados, y solo hay que detenerse en lo que tenemos en común, en lo que nos une, nunca en lo que nos separa”.  Además, fue en ese periodo cuando, nos cuenta, fue “ahorrando, ahorrando y a los 45 años ya tenía suficiente para decir: ahora no voy a trabajar para nadie, voy a trabajar para mí. Ya podía cumplir ese sueño de comprar casas para rehabilitarlas. Puso la mirada en su tierra. Tras 25 años regresaba para devolver a su tierra todo lo que antes le había dado a ella. Un principio, sin duda, de uno de los propósitos actuales de Extremadura, esa Economía Circular que será motor de esta tierra.

Mi tierra

“Me encontré con la majestuosidad del Valle, con esa energía tan potente que transmite, pero también me encontré con casas de piedra espectaculares que se iban derruyendo. Había que rescatarlas, había que devolverlas a la vida, por respeto a nuestros ancestros”. Así va naciendo el complejo rural Mi Valle Rural, compuesto por tres casas de piedra y tres casas subterráneas, aún en construcción. “He tardado 13 años en conseguir todos los permisos, pero, como decía mi padre, lo que a nosotros nos cuesta hacer en un mes, en el contorno del universo no es ni una milésima de segundo. Todo es relativo, menos la ilusión”.

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Ahora su lucha está en despertar las sensibilidades para no dejar morir el patrimonio, la historia. “Tenemos que unirnos en el Valle, organizarnos para, de alguna manera, restaurar toda esa belleza que tenemos por las distintas fincas, que no las perdamos”. Una lucha, un reto que, como tantas otras cosas, ve posible, y más en un lugar como el Valle del Jerte donde, dice, hay ayuda para todo. “El trabajo que hace, por ejemplo, Soprodevaje es fantástico. Hace que no te frenes en nada”. En este sentido, piensa también en las posibilidades que hoy ya tienen las mujeres en los pueblos. “Ya estamos comunicados con todo el mundo, y eso ha hecho que las mujeres cada vez tengamos más ganas de hacer cosas, y de formarnos; Soprodevaje hace, en este sentido, un trabajo magnífico, yo hice cursos de formación con ellos. Decir rural, ahora, ya no es limitativo, porque tenemos conexión con todo el mundo”, insiste.

Las mujeres de la familia

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El mágico salón en el que nos encontramos, junto a una chimenea y con unos ventanales que permiten que el paisaje forme parte de la decoración, está salpicado por pinturas y esculturas. Preguntamos. “Las esculturas las ha hecho mi madre, también parte de los cuadros. Tiene 91 años y sigue, no se detiene. Fíjate que fue con 81 años cuando decidió ir a la Escuela de Bellas Artes de Plasencia. La mente, las ilusiones no tienen edad”.

Sin duda, la lucidez y la energía de esa mujer las ha heredado la que tenemos frente a nosotros, y también la de la foto que nos muestra ahora. “Cristina, mi hija. Ahora está en Miami como directora de una empresa de venta de barcos, pero su idea es venir aquí, a Extremadura. Me supera con creces –dice con orgullo-, es ley de vida. Mi formación y mis posibilidades me han permitido superar a mi madre, así que ya le dije yo a Cristina, ahora tú me tienes que superar a mí”. Se emociona hablando de Cristina, su “mayor logro”. “Sé que fui muy estricta en la educación con ella, pero es que estábamos solas, tenía que hacerla fuerte, independiente, responsable y mujer de valores. Lo he conseguido”.

El tiempo, que diría su padre, es muy relativo y las horas, conversando con Rosario, han parecido segundos. Nos quedaríamos más tiempo envueltos en la magia del Valle y de esta mujer, pero es momento de marchar.

Antes de irnos no nos desvela el secreto de la miel con canela que hace o de los reflejos del cristal fundido que trabaja, pero sí nos regala el secreto de la eterna juventud: “tener un objetivo, un sueño y una ilusión en la vida”. Esta es Rosario.

7. Silveria Martín, 106 años: “Ahora ya mandan la mujer y el hombre, ¡como tiene que ser!”

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Trabajó en el campo y como ama de casa. Vivió en Talaverilla, Rosalejo, Francia y Vitoria
5 hijos, 18 nietos, 26 bisnietos y 6 tataranietos.

Cuando llegamos a los Pisos Tutelados “Mª Ángeles Bujanda”, de Losar de la Vera, Silveria aún está en su hora de gimnasia. Esa será nuestra primera sorpresa. A sus casi 107 años -en junio los cumple-, coge firme la pelota que le lanza la monitora, apunta hacia una papelera y la encesta. Así una y otra vez. Pero esta no será la única sorpresa.

Una vez que sabe que los visitantes hemos llegado, se levanta y vemos ante nosotros erguirse un metro y medio de mujer y, como si de un momento a otro fuera a levantar en volandas el andador, comienza a caminar hacia donde le vamos a hacer la entrevista. “Anda más tiesa que yo”, nos dice Julia, su hija, que nos acompaña en esta visita. Vamos tras ella.

Mujer sin freno

Pareciera que las entrevistas son cosas del día a día por la naturalidad con la que se sienta ante nosotros y espera. Vemos que hoy ha querido ponerse algo especial: sobre la rebeca azul marino, un broche de flores de fieltro le dan un toque de color. “Si viera mejor -nos dice- yo podría haber hecho estas flores, pero, claro, ahora ya veo muy poco”. La vista y el oído es lo único que parece frenar un poco a esta mujer sin freno, una mujer que aún mantiene coraje en la voz y firmeza en las ideas. “Se me olvida alguna cosa, pero es que he tenido una vida muy larga, 106 años tengo”.

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Y nos va contando poquito a poco esa vida tan larga, y lo hace sin nostalgia, no hay cabida para lamentos. Es como si siempre mirara de frente. Nació y vivió el tiempo que la dejaron en Talavera la Vieja, también llamada Talaverilla, hasta que las aguas del Pantano de Valdecañas cubrieran calles, plazas, casas, corrales y tierras. Una expropiación forzosa, a principios de los Sesenta, que llevaría a Silveria a vivir a Rosalejo.

“Mi madre murió cuando yo tenía tres años, así que me crié sin madre, pero mi padre volvió a casarse. Sí -nos responde- era necesaria una mujer en casa, pero esta segunda no era igual”, y frunce el ceño. “Fíjate, que luego ya de mayor, la madrastra no quería dormir sola y yo tenía que mandar, primero a mi hija mayor para dormir con ella; cuando ésta se casó, mandé a la de en medio, y luego a Julia, la pequeña”.

Como nos hace ver Silvera, el papel de la mujer en la casa era clave. “Sí, la vida no era como la de hoy. España ha dado un vuelco muy grande. Yo tuve que dejar la escuela al poquito de empezar para ayudar a mi padre en el campo”. Le preguntamos si le hubiera gustado seguir estudiando, pero es firme al decir, “sí, pero el dinero era necesario”. Sin embargo, más bajito, como para sí, murmura: “Pues claro que me hubiera gustado saber de todo, el saber no ocupa lugar”. Es este precisamente uno de los cambios que ve en las mujeres. “Ahora las mujeres ya viven mejor, ya se preparan, y ya no es como antes que mandaba solo el hombre. Ahora manda también la mujer, y hace bien. ¿Por qué va a mandar el hombre solo si van por el mismo camino? ¿Eh? ¿Por qué?” Nos mira fijamente, quizá no nos vea con claridad pero ella tiene las cosas muy claras, pensamos. “Antes el hombre solo trabajaba en el campo y en casa nada, ahora es raro que el hombre no haga cosas en la casa, porque poner o quitar la mesa se aprende. ¡Ya ves tú qué mérito puede tener eso!”.

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Recuerda también su estancia en Francia, su afán por “hacer algo de dinero” y enviarlo a España, nos manifiesta aún un agradecimiento a aquella Francia. “La vida era distinta allí. Se ayudaba mucho a los españoles, a España. De Gaulle ya dijo que se atendiera a España todo lo que se pudiera”, y descubrimos su interés por la política, por la participación en la política. “Yo siempre he ido a votar. He votado a Zapatero”, nos dice levantando un dedito con orgullo. “Madre, de política no se habla”, le susurra su hija. “Y por qué no, es un hombre con mucho seso y le quiero conocer”. No nos imaginamos a Silveria frenándose ante nada.

Nos quiere enseñar su habitación. La seguimos y nos pide alguna foto allí, con su compañera Juana.

Mientras su hija Julia sigue sorprendiéndonos, “ni colesterol, ni azúcar ni nada. A sus 106 años solo toma una pastilla para dormir”. “La naturaleza será, digo yo”, responde Silveria. De pronto, se percata de que permanecemos en pie: “¿Es que no hay sillas para que se sienten?”. A esta mujer no se le escapa nada.

8. Filomena Vega, bastión de dignidad

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Hija, esposa, madre, luchadora y baluarte de maquis. Su marido fue Víctor Merchán, maqui y topo en las sierras del Valle del Jerte

Filomena Vega tiene hoy 94 años, vive en una residencia y desde allí ya sonríe, ahora sí, a la vida. En su cabeza saltan, se suceden, aparecen y se ocultan recuerdos, buenos recuerdos, besos, amores, sueños… y sonríe. Hasta el final Filomena es una luchadora y ha decidido quedarse con lo que hoy la hace sonreír. Quizá por tantos días de soledad, de impotencia y de miedos. A ella la dejamos en ese mundo que ya solo es suyo y hablamos con su hija, Pilar Merchán Vega. “Reivindico el papel de mi madre y de tantas y tantas mujeres que dedicaron su vida a luchar por sus ideales, que no eran otros que la dignidad de las personas”. Es cierto, comentamos con Pilar, qué poco espacio en la historia escrita y contada han tenido las mujeres de las guerrillas, esas mujeres de guerrilleros y maquis, y qué importantes fueron. Por eso escuchamos atentamente a Pilar, que mantiene escritos fechas, detalles y sucesos relatados por su madre Filo, pero también por sus abuelas Asunción y Amalia. Tres mujeres, tres, que podrían ser trecientas, tres mil, millones… A través de Pilar, nos parece escuchar la voz de Filo.

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Filo

Nací en Piornal, en 1922. La mayor de cuatro hermanos. Y tuve una infancia feliz, claro que sí. Mi padre era un hombre idealista y comprometido y, en el 31, fue concejal por el Partido Comunista. Mi madre… mi madre era una mujer luchadora, emprendedora, y eso me iría formando a mí.

Me hubiera gustado estudiar, y de hecho empecé a estudiar. La República me concedió una beca. Sin embargo, mis anhelos se frustraron. Estalló la guerra y con ella ideales, valores y sueños. Todo saltó por los aires. Y a la vez, todo se desmoronó a mi alrededor. A mi padre le hacen consejo de guerra y lo envían a prisión. A mi madre la pelan, la obligan a ingerir ricino, ya sabéis… Quizá en ese momento maduré cruelmente. Yo tenía trece años y recuerdo que mi madre llevaba en brazos a uno de mis hermanitos; el ricino, el dolor, la rabia, la humillación, lo que fuera hizo vomitar a mi madre, cayendo el niño de sus brazos. Me abalancé a cogerlo un segundo antes de que una bota militar hiciera el amago de pisar la cabeza del que luego sería José Luís Vega Porras, director general de Educación. Sí, posiblemente, ahí crecí… a mi pesar.

Fue un tiempo de silencio y agonía en casa. Mi afán era que mi madre no se sintiera sola. Hice de hija e hice de madre de mis hermanos. Padre regresó en el 41. Regresó con magulladuras en alma y cuerpo, pero con fuerza. Recibía la visita de hombres que había conocido estos años de prisión, entre ellos un tal Víctor, Víctor Merchán, un joven que… bueno, fue mirarnos… y a pesar de ser 12 años mayor que yo, o quizá por eso, nos enamoramos locamente. Al año siguiente, en 1942, nos casamos. En 1943 nace mi primer hijo.

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Víctor había estado, en los cinco años de prisión, en Hervás, en Cáceres, en Burgos… Yo lo sabía y sabía de la importancia de los contactos que mantenía. Las mujeres no solo no éramos ajenas, sino que nos implicábamos tanto o igual que los hombres. Víctor hacía de enlace con la guerrilla de la zona y suministrábamos ropa, mantas, comida… Incluso, trajimos a casa a “Gacho”, uno de los dirigentes de la guerrilla. En una emboscada resultó herido y lo escondimos. Sí, lo escondimos en casa. Yo me ocupaba de sus curas y de su alimentación, como otras mujeres en otros casos habían hecho y harían. ¿Miedo? No, no era miedo, solo me movía entre la prudencia, la discreción y la lealtad, lealtad a mí misma. Llegó un momento que se sospechó de los movimientos que podían entreverse en casa, así que Víctor y Gacho decidieron marchar a la sierra. Era noviembre de 1945. Lo recuerdo como si fuera hoy. Me quedé solita. Me quedé vacía, pero miré a mi hijo y sabía que había que seguir. Fuerzas no me iban a faltar.

Fueron meses de recorrer kilómetros y kilómetros de angustia y silencio, de encontrarnos a escondidas, de entregarles comida y ropas. También fueron meses en los que la desesperanza cada día pesaba más. Europa no iba a hacer nada. Emboscadas, muertes, apresamientos… Muchos optan por abandonar la sierra. Víctor decide regresar a casa. Escondido tras unos canchos en Fuente Matea, Víctor chista a Pastora, mi hermana, encargada ese día de recoger lo poco que nos daba la tierra. Esa noche, Víctor dejó vestirse por la oscuridad. Una puerta trasera medio abierta. Un granero preparado y oculto. Una teja, una sola teja de cristal para que entrara al menos un mínimo de luz. Allí vivió Víctor durante 38 meses. Mirándonos desde arriba, como desde el cielo. Viendo cómo su hijo iba creciendo. ¡Treinta y ocho meses enterrado en vida! “Vida” era a la palabra a la que yo me aferraba. Y sentirla me hacía a veces sonreír. Y qué mal visto estaba esa media sonrisa en el pueblo. “No pareces muy triste a pesar de que tu marido está desaparecido”, me decía algún vecino. Pero yo seguía pensando solo en la noche, cuando me acercara al granero para verlo. Para unir nuestras fuerzas.

Y luego estaban esas visitas al cuartelillo. Esos interrogatorios terribles esperando a que me derrumbara y dijera dónde estaba Víctor. Pero fui fuerte. Fíjate si fui fuerte que hasta superé ese momento en el que me acusaron de haber estado embarazada. “Sabes dónde estás porque te ha embarazado y has abortado, bien lo sabemos”. Y fui fuerte cuando aquel teniente me dijo: “Puedo reconocerte y demostrar que no has abortado. Desnúdate”. Y fui fuerte cuando me negué… ¡Pero había tantas mujeres fuertes! Como mi propia madre que, muerto mi padre, y habiéndome yo ya casado, cogió a mis tres hermanos pequeños y se fue a Salamanca a buscarles, como fuera, un porvenir. Trabajó por las casas para pagar los estudios de Matrona a mi hermana, enviar a mi hermano a Juan Sebastián de Elcano y al otro al Aspirantado. Todas nos agarrábamos a la vida aunque fuera a mordiscos. Mordico tras mordisco. Éramos supervivientes.

Muerta la esperanza que se había puesto en Europa, Víctor decide entregarse. Y la fortaleza volvió a presentarse más grande si cabe cuando ese 13 de agosto de 1950, pariendo yo a mi hija, llega la carta anunciando un Consejo de Guerra. La vida que llegaba parecía irse a la vez. Pero miré a mi hija, miré a mi hijo, nos miramos y me sentí fuerte. Treinta años de cárcel, decían.

Mi madre conocía a un teniente coronel en Madrid. Allá nos fuimos las dos. De 30 años de cárcel a 12. De nuevo ganamos otra batalla. Pero a mi regreso al pueblo volví a sentir algo que me era familiar. Estaba solita. Otra vez, y ahora con un niño de 7 años y una niña aún con el color del parto. Estaba solita. No podía permitirme llorar, no, ni solazarme en mi lástima. Había que buscar sustento, como en su día lo hizo mi madre.

Aquella vecina, aquella que vino de Ledrada, podía ser la salida. Hacía lo que algunos llamaban estraperlo, yo lo llamo supervivencia. Hicimos un buen tándem, sí. Comprábamos aceite en Piornal y bajábamos, en “la rubia”, los pellejos de aceite a Plasencia. Los vendíamos a hostales, pensiones, donde fuera. Comprábamos otros productos y los revendíamos en el pueblo. Allí, en nuestra tienduca. ¿Que era comerciante? ¿estraperlista? ¿contrabandista?… Llámalo como quieras. Éramos supervivientes, ni más ni menos.

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Y, mientras, no dejaba de dar un poquito de mi fuerza a Víctor. Recorrí, junto a mis dos niños, los penales de Carabanchel, Ocaña, El Dueso… El Dueso, ese penal en que rompía la mar contra sus muros. Años después, Víctor no querría nunca acercarse al mar. Su voz le contaba solo tristezas. Después de El Dueso lo trasladarían a Cuéllar. También allí llevaba a nuestros hijos, para que no le faltaran fuerzas, para que aguantara. A Cuéllar llegaría ya vomitando sangre. Pero como fuera yo le iba a mantener en vida. Creo que eran 200 pesetas de las de entonces las que me pedían por aquella cajita de 40 comprimidos. Y las sacaba, ¡Vaya si sacaba esas malditas 200 pesetas! Distinto fue cuando ya regresó al pueblo. Aún consumido por la tuberculosis. Me hablaron de la estreptomicina, mano de santo, decían, este nuevo medicamento. Cien pesetas. No las tendría hasta que vendiera las castañas. En la botica no quisieron adelantármelas. He de reconocer que ese día me derrumbé y volvía a casa llorando, cuando aquella mujer, aquella vecina, “del otro lado”, me las prestó. Ya ves, las mujeres estábamos cuando había que estar.

Así íbamos saliendo. Día a día. Había que mirar adelante. Y adelante miramos cuando el maestro de entonces nos habla de las aptitudes de mi hijo para el estudio. “No tenemos medios”, diría Víctor. “Pues se buscan”, pensé yo. Libros prestados y trabajos al maestro, siega o recolección de uvas, lo que fuera.

Lo mismo parecía repetirse cuando nos hablan de las aptitudes de mi hija, entonces con apenas 10 años. “La niña no”, dijo Víctor. Podía entender muchas cosas, querido Víctor, pero por encima de todo, mi hija también estudiaría. Y en eso me ayudaría la abuela Amalia. Digan lo que digan, las mujeres nos entendemos mejor de lo que muchos querrían…

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Hoy

Pilar nos mira emocionada. No puede evitar emocionarse al hablar de su madre, de la fortaleza de esta mujer. “Hoy mi madre ya sonríe. Siempre está sonriendo. Es una persona dulce, sosegada.

Sus neuronas van al ritmo que van, pero, como buena superviviente, se ha detenido en los buenos momentos. Y sonríe”. Nos cuenta que tras muchos años de silencio, su madre volvió a cantar, como le gustaba, a leer, “ha sido una lectora voraz”, a escribir, “escritos de todo tipo, poesía… Cuando entró en los pisos tutelados leía para aquellos que no podían leer”.

A esta altura del mágico encuentro no podemos hacer otra cosa que sumarnos a la reivindicación de Pilar: “Reivindico el papel de mi madre y de tantas y tantas mujeres que dedicaron su vida a luchar por sus ideales, que no eran otros que la dignidad de las personas”. Filo nos envuelve con su sonrisa.

 

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