El Volcán de El Gasco, Las Hurdes (Cáceres)

Meandros del río Alagón
 

Meandro del río Alagón

En los límites del norte extremeño, lindando con las tierras de Salamanca, al abrigo de la Sierra de Gata y el Valle del Ambroz, se asientan los pueblos y alquerías hurdanas, magníficos enclaves suspendidos en las escabrosas laderas de valles socavados por numerosos cursos de agua, como los de los ríos Ladrillar, Hurdano o Malvellido, que serpentean sobre las superficies rocosas formando sinuosos meandros. Alcores inhóspitos y pueblos inaccesibles durante siglos, a los que sus pobladores han sabido adaptarse, moldeando una de las comarcas más esplendidas de Extremadura.

Custodiando la población El Gasco, última alquería de las diez dependientes del municipio de Nuñomoral, destaca una de las colinas que más incógnitas ha incitado a investigadores y geólogos durante décadas. Es una elevación que, dominando el vasto territorio del valle que ocupa el río Malvedillo, ha sido motivo de controversia científica por la existencia en su meseta de afloramientos de piedra pómez.

Al aproximarse por la sinuosa carretera que conduce a la alquería, desde los allanados miradores que se tienden sobre el valle, se observan los perfiles de lo que los vecinos denominan “El Volcán”. En una de sus laderas, como una colada de lava fragmentada, una escombrera de pizarra parece precipitarse hasta la misma línea del río. Sólo, en su vértice, la vegetación ha conseguido aferrarse a las crestas rocosas hasta coronar la cumbre y supuesto cráter del volcán.

Lugar donde se ubicaba el volcán

Volcán o meteorito

En la década de 1950 un estudio científico certificaba que las rocas pumitas existentes en la zona eran de origen volcánico. Posteriores investigaciones descartaban tal hipótesis, concibiendo una nueva teoría más insólita como el impacto de un meteorito. En el año 2003 fue declarado Lugar de Interés Cientifico, para preservar las misteriosas rocas y el entorno orogénico, aunque de las rocas vitrificadas ya no quedan trazas.

Los últimos estudios sobre las misteriosas rocas entienden que son el resultado de un proceso de fusión parcial de las pizarras y cuarcitas existentes en el lugar. Un efecto de vitrificación provocado por materiales como la madera quemada simultáneamente con el mineral. Con el resto de aquellas piedras porosas, surgió una pequeña industria artesanal con la que se elaboraban pipas de fumar y otros objetos, como las casitas de piedra, aprovechando, además, la abundancia de pizarras de la zona, con las que se reproducían las viviendas típicas hurdanas.

Típica vivienda hurdana. Centro de Interpretación

El lugar del tesoro

La alquería de El Gasco, cuyo topónimo la leyenda y la tradición identifican como el lugar del tesoro, acoge a una unos doscientos habitantes, que se duplican en la época estival. Se ubica sobre antiguos vestigios de la Edad del Bronce, como atestiguan los numerosos restos hallados y los grabados rupestres existentes en toda la comarca hurdana. Abrigos y cuevas naturales que fueron cobijo de aquellos antiguos pobladores; territorios de fabula que nos hablan de riquezas, de tesoros escondidos por judíos venidos de tierra santa, de historias con princesas moras encantadas, de guerreros cristianos, de destierros, algunos tan contemporáneos y reales como los de conocidos políticos de la posguerra, o de algún médico de ideología republicana.

Chorro de El Gasco

En las calles de El Gasco todavía es posible descubrir retazos de la arquitectura popular: estrechas y empinadas callejuelas que se embuten y cierran en los declives del accidentado terreno, con sus viviendas y sus balconadas suspendidas sobre el valle. En su Centro de Interpretación, donde se ha reconstruido una tradicional casa hurdana, se pueden conocer y entender los modos y condiciones de vida de los antiguos hurdanos. Casas de barro y piedra, con sus techumbres bajas, entejadas con lanchas oscuras de pizarra. Hay que inclinarse para acceder a las diferentes estancias. “Las altura de la puerta de las casas dependía de la estatura del albañil que las construía”, nos dice nuestro guía. Lo cierto es que la escabrosidad del terreno, obligaba a la construcción de viviendas sencillas, con estructuras adaptadas a la orogenia y climatología de la montaña.

El Gasco

Sin cobertura

Desde los miradores del pueblo se contemplan las hondonadas y escarpes del valle. Luminosas y frondosas sierras de cuarcita, simas y montañas denudadas de tierra que los campesinos han arrastrado durante siglos a las terrazas de cultivo. Los muros de pizarra y piedra que sostienen los pequeños huertos abancalados en las empinadas vegas siguen el sinuoso trazado del río Malvellido. En los huertos los ancianos preparan las tierras, alinean surcos con plantones de fresas, sombreados por el verdor de los cerezos. Hay algo que nos comentan los ancianos, una petición que también nos manifiestan los habitantes de otros pueblos: “no hay cobertura para la telefonía móvil”. No son sólo los vecinos de las alquerías los perjudicados, además de los hombres que trabajan en los campos o en las sierras, “sino los cientos de visitantes o excursionistas que recorren los pueblos, los valles y montañas, que no pueden comunicarse con sus teléfonos”. Hace años, insisten, que vienen solicitando la infraestructura para facilitar las comunicaciones telefónicas. “pero sólo hemos recibido promesas”.

No lejos, en las laderas del “volcán”, entre los bloques fragmentados de las pizarras, ventean pequeños rebaños de cabras, buscando las matas que verdean aprisionadas entre las rocas. Y entre los arbustos se percibe el zumbido de las abejas, tal vez escudriñando las flores de la jara, el brezo o el romero. Una de las delicias gastronómicas hurdanas es el cabrito y la cuajada con miel. Nadie puede irse de estas tierras sin complacerse con estos alimentos.

Panorámica de Martilandrán

Algunos visitantes acceden a El Gasco con la pretensión de coronar su famosa montaña, ante la falsa expectativa de descubrir el cráter del volcán, pero la inaccesibilidad del terreno obliga en muchos casos a limitar la expedición y recorrer los senderos del valle, algunos de cómodo recorrido, como el que lleva al salto de La Miacera, cuyas aguas caen pulverizadas desde una altitud de 110 metros. Una antigua leyenda dice que junto a la cascada existía una cueva habitada durante siglos por una princesa mora victima de un encantamiento, que prometía inmensos tesoros a los que cumpliendo sus deseos pudieran desencantarla. Posiblemente la princesa mora ya fue desencantada y el tesoro es lo que hoy en día podemos admirar. Tierras de oro, no sólo por el codiciado metal que dicen arrastran sus ríos o guardan sus montañas, sino por la luz de sus valles.

Texto: Roberto Machuca
Fotografía: José María Díaz Maroto
Agradecimientos: Mancomunidad de Municipios de Las Hurdes.
Juan Ambrosio Martín Crespo.

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