El Juli, Torero

 

La cita con el Maestro es una mañana luminosa y sorprendentemente fresca de  verano.  Una estrecha y cuidada carretera nos va introduciendo en el pequeño Valle de Táliga al que arropa de los vientos del norte la Sierra de Alor. Desde el coche sentimos que estamos llegando a uno de esos rincones íntimos y poderosos de la naturaleza. A un lado y a otro de la carretera enormes encinas proyectan sobre el asfalto sus sombras, en el aire se deja sentir el olor de la jara pringosa y trepando sierra arriba los centenarios olivos de la Sierra de Alor. Mientras, en algún lugar de la sierra duermen su sueño estival las orquídeas y la rosa de Alejandría.

“El Maestro ha salido a ver unas vacas”, nos dice Ángel Sánchez, el mayoral de El Freixo, la finca en la que el torero ha decidido hacer su casa. En ella pasa los días del año en los que no pisa los alberos de las plazas.

Entre las encinas que rodean el cortijo aparece montado a caballo el torero. Se disculpa por un retraso de dos minutos sobre la hora fijada para el encuentro. Una palmada en el anca del noble animal y éste acude a refugiarse a los establos donde le esperan cuidados y agua que calmará su sed tras la galopada entre las vacas.

El torero habla de su amor por los caballos, “Carpintero, Perico, Caracol…”. Los va citando por sus nombres mientras nos invita a pasar al interior de la casa. Un inmenso salón con chimenea decorado con cuadros que reflejan estampas taurinas es el escenario donde durante más de tres horas hablamos de casi todo con el torero. Rápidamente advertimos que no estamos sentados frente a frente con el Juli sino frente a Julián López.  “Mi vida ha sido muy rápida, la infancia la recuerdo maravillosa y con cariño, pero totalmente diferente a la de los demás. Muy pronto adquirí unas responsabilidades que además marcan mucho. Y un niño puede tener muchas cosas menos responsabilidad a sus espaldas. Pero me supe acoplar a lo que la vida me había dado y lo supe aprovechar”.

La luz casi del medio día entra a raudales a través de los grandes ventanales de la estancia donde nos encontramos, una estancia que mira directamente a la Sierra de Alor. Hablamos de su encuentro con Extremadura. “Fue gracias al maestro Ojeda, él fue quien un día me trajo hasta aquí, hasta El Freixo. Quedé enamorado del paisaje y de la finca. Poco tiempo después llegamos a un acuerdo y le compré la finca. Ahora puedo decir que vivir en el campo engancha. Cuando lo vives lo conoces aún más. Me resultaría muy difícil vivir en una ciudad, sobre todo como torero. Aquí puedo entrenar”.

Nos habla con pasión  de los Maestros Manzanares y Paco Ojeda, dos de los grandes referentes del toreo de los últimos tiempos, “son –dice- dos formas de entender y ejecutar el arte del toreo, son dos formas grandes de hacerlo, de sentirlo”. Pero sobre todo afirma que ha sido el Maestro Paco Ojeda el que más le ha influido en su carrera.

Sus palabras suenan tranquilas pese al tono de admiración que emplea al referirse a los que considera sus Maestros, entonces le preguntamos si no le asusta la palabra Maestro cuando se refiere a él mismo. “La palabra es muy importante. Siento que todavía no soy un maestro. Yo tengo Maestros y gente que ha llegado a este estatus y categoría. A veces con esta palabra se frivoliza, se dice con demasiada facilidad. Es cuestión de muchos años. Llevo muchos pero quedan más, sobre todo porque tengo referentes míos por delante que para mí son grandes Maestros…”

Viste un polo blanco y  pantalón de loneta color tierra. En su mejilla izquierda es visible una tremenda tarrascada. ¿Y qué queda de aquel niño del madrileño barrio de San Blas, que se hizo matador de toros a los 16 años? “Ha sido una vida de mucho trabajo, de mucho riesgo, todo esto hace que no vivas como otros chicos de tu tiempo, pero intento que mis bases sean las mismas y que la gente que esté a mi lado lo esté por la persona y no por el torero. Creo que he tenido mucha suerte y la gente que está a mi lado me ve como Julián y no como el Juli”.

El periodista acude al trasteo frente al matador, le gustan estos terrenos más personales del torero y de nuevo la noble arrancada. “En casa se habla de todo, de cultura, de libros… estoy leyendo Los hombres que no aman a las mujeres, de política, de fútbol, soy un sufridor del Atleti… pero evidentemente hablamos mucho de toros”.

Los toros como forma de entender la vida, de sentirla, de dolerse de ella… esto lo apreciamos cuando nos habla de sus tardes en la plaza de Las Ventas, de faenas en las que no siempre pudo llegar y en las que la afición, quizás, le exigió más que a otros. “El publico era de una gran dureza. Así y todo salía. A un torero sin Madrid le falta algo, tenía que conquistarla, conseguir que la afición valorase mi toreo aunque sólo fuese una tarde”. Una tarde que llega en la isidrada de 2007, el 23 de mayo. Dos orejas, bronca al palco donde había, dicen las crónicas, “un presidente execrable”, y por fin la puerta grande. “Fue la tarde más bonita de mi vida. Conseguí casi todo lo que había soñado, la tarde más bonita en el toreo”. Es sin duda la apoteosis de un torero, abrir la puerta grande de Las Ventas, pero en los once años de matador de toros han sido otras muchas tardes de gloria en las que el torero ha abierto los portones. En su pagina web,  HYPERLINK “http://www.eljuli.com” www.eljuli.com, se recogen más de cien tardes de gloria, y aquí se lanza al toro de Internet. “Fue un toro que desde el primer día me gustó y que creo que a un mundo tan cerrado como el del toro le viene bien. No podemos quedarnos atrás. El mundo del fútbol ha sabido ver mucho mejor que el del toro la importancia de esta nueva herramienta de la comunicación”. En la página se van sucediendo sus tarde triunfales en Bilbao, en Logroño, en Sevilla, en Barcelona… “Barcelona es una plaza a la que me gusta acudir tal vez por el problema político que suscitan allí los toros”.

Le preguntamos por una plaza extremeña y casi sin terminar la pregunta llega una respuesta llena de contundencia, “Olivenza. Olivenza es una plaza que me gusta mucho. Para mí es como torear en casa. En ella, además, he cuajado grandes faenas”. Calla. Tras un leve silencio y con los ojos casi cerrados habla del toreo que sueña, del que le mantiene en las plazas. “Cuajar grandes faenas, torear más largo, más despacio, más hondo. No, ya no ambiciono torear 105 corridas en una temporada. Cuando haces a un  toro lo que sueñas, lo que sientes, las sensaciones que tienes son incomparables. No estás en el mismo mundo que los demás”.

Regresamos a su vida en El Freixo. “Aquí me siento libre, anónimo. En Olivenza he encontrado el cariño y la amistad de la gente, la tranquilidad que te ayuda a vivir y a ser feliz”. Sin darnos cuenta han pasado casi tres horas de conversación con el Maestro, un hombre joven, sereno y con el temple de los hombres que han hecho de la vida un apasionado juego con la muerte. Nos tiende la mano  mientras nos dice que dentro de dos días estará en Nimes. El periodista sonríe y cree que su última pregunta se ha perdido en la despedida. Entonces se le escucha decir. “Sí, rezo. Todas las noches rezo”. Suerte Maestro.

Texto: Lucas Riolobos

Fotos: Álvaro Fernández Prieto

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