El gorro de Montehermoso (Cáceres)

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La peculiar gorra de Montehermoso se ha convertido en un símbolo de toda la región. Antiguamente todo el pueblo se volcaba en este trabajo artesano que los nuevos tiempos están consiguiendo minar. En la actualidad su técnica está en manos de un reducido grupo de mujeres. Su forma, sus llamativos colores y adornos guardan muchas historias que el ayuntamiento de la localidad quiere sacar a la luz a través de un trabajo de investigación que aportará datos sobre su origen. Las primeras informaciones que se encuentran son de 1888. En 1917 el pintor Sorolla realizó por encargo de la Hispanic Society of Américauna estampa en la que cuatro mujeres, cuatro hombres y una niña lucen el traje típico de Montehermoso.

Al entrar en la localidad de Montehermoso encontramos el taller de artesanía Las Chucheras que regentaRosa María Arcón, una de las pocas mujeres que conoce la técnica y se dedica a la elaboración y venta de la gorra montehermoseña. La responsable de transmitirle una técnica que ha pasado de generación en generación ha sido su madre, Valentina González Lorenzo que a sus 76 años guarda en la memoria otra época en la que la gorra de centeno se utilizaba para proteger a las mujeres del sol mientras trabajaban en el campo. Tiempos mejores para la venta de esta prenda, en los que –afirma–: “todo el pueblo se dedicaba a la artesanía”. Valentina se lamenta: “Esto va a ser un oficio para el recuerdo, porque nadie quiere dedicarse a algo que apenas da para vivir. Si no nos ayudan, los pocos que quedan, como mi hija, van a tener que abandonar”.

Entre refrán y refrán, Valentina comienza a relatarnos cómo siendo apenas una niña, veía en su casa como se hacían las gorras, así que: “yo iba y cogía un manojo de paja”. Recuerda que servía en una casa y explica: “Cuando los amos se acostaban, yo, en lugar de hacer lo mismo, cogía y me ponía a hacer trenzas, y antes de que ellos se levantaran le llevaba a mi hermana lo que había trenzado para que lo cosiera. Luego compraba unos botones que me costaban dos reales y hacía mi gorro. Después lo vendía, sacaba unas doscientas o trescientas pesetas, de las de antes, y con ese dinero volvía yo a comprar telas y botones para hacer más gorras”.

Proceso de elaboración

El proceso de elaboración comienza en el campo, con la siembra. Es durante el mes de septiembre cuando se rompen las tierras y se siembra el centeno que se siega en el mes de junio. La paja se amontona y se lleva a las eras. Con una horca de hierro se limpian “los haces” o “los brazaos”, después se ponen en un trillo hasta que cae todo el grano y se van amontonando en los corrales. Valentina cuenta que “se pone frente a la sombra en verano y se van sacando las pajas”. Con ellas, –continúa– “se hacen cordones de diferentes formas; hay que humedecer los manojos; una vez atados hacemos con los cordones la trenza, le cortamos los piquitos, luego lo mojamos otra vez, cosemos los moldes los dejamos que se sequen los engalanamos y los traemos aquí”.


Los adornos

La forma y el colorido con el que se adornan las gorras varían según vaya destinada a la mujer soltera, a la casada o a una viuda, siendo la más llamativa la que se coloca la mujer sin compromiso que quiere llamar la atención del varón. En este caso la gorra lleva un espejo en el centro. Como nos explica Valentina, el espejo tiene multitud de usos, desde su papel en el cortejo a ayudar a la coquetería de las montehermoseñas. “Dicen que, al casarse, el marido rompía el espejo para que otro hombre no se mirara en él y luego si la mujer enviudaba continuaba sin espejo”–cuenta Valentina–.

Otro de los elementos característicos de la gorra son los botones, que “se han puesto siempre”; y añade:“primero se cose el sombrero y luego se le ponen las tiras; lo empiezas a coser y se hilvanan los adornos: le pones las espigas, los cordones, el sarmiento, el corazón, las estrellas; después el forro, ‘el picao’, las ataderas; luego se remata, la cortas y ya está”. Tanto la gorra de mujer casada como la de viuda son más sobrias en el adorno, distinguiéndose esta última por el color negro. Son aproximadamente 15 días los que, según Valentina, se tarda en dar forma a uno de estos preciados objetos. Valentina concluye señalando: “Una aguja, un dedal y una tijerita y lo que le he dicho, no hay más nada”.

Texto: Patricia Hernández
Fotos: Álvaro F. Prieto
Agradecimientos: Esther Gallego y Olga Carpintero (Artesanía Las Chucheras)

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