Castelo de Vide, Marvao (Portugal)

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Siempre que el viajero contempla la poderosa imagen de la fortaleza de Castelo de Vide siente deseos de adentrarse en el laberinto de su burgo medieval que sigue lleno de vida, por donde aún juegan los niños y donde no nos será difícil saber que la hija de aquella mujer que tiende la ropa está estudiando Medicina en Lisboa. En pocos sitios el viajero ha sentido tan placidamente el paso sosegado del tiempo como en este bello rincón alentejano.

 

 

Más abajo del castillo y sobre a Fonte da vila, la memoria judía, la sinagoga, las puertas ojivales donde aún son visibles los motivos hebraicos. En a Rúa da fonte las gentes hablan con calma en conversaciones que al viajero se le escapan pero que le hacen sentir acompañado por ese sonido poderoso de las palabras. En a Praça da fonte sólo es perceptible el sonido del agua y el de la maza de un viejo carpintero que arregla, nos dice, el paso del tiempo en una vieja silla de enea.

 

Nos animamos a este pequeño viaje a lo largo del cual nos encontraremos de nuevo con el agua en fuentes monumentales. Situadas al borde de la carretera, las fuentes parecen estar a la espera de los sedientos viajeros. En lo alto, desde las peñas donde se alza el santuario, contemplamos el maravilloso espectáculo de teja y cal del caserío de la villa. El reloj dos Paços do Concelho nos indica que son las doce del medio día. En los estómagos de los viajeros también se dejan sentir las horas.

Arriba, como un faro sobre los cantiles de la sierra, Marvão. A él acudimos, a su silencio medieval, a su fortaleza desde la que se divisa buena parte de las tierras de Cáceres y de los Baldíos de Alburquerque. Pero si miramos a Portugal, allí están Castelo de Vide, Nisa y a Serra da Estrela.

 

Caminar por las solitarias y estrechas calles de Marvão es como hacer un viaje a los tiempos en que Ibn Marwan o más tarde Don Alfonso Henriques transitaban por estas rúas empedradas. A ellas se asoman góticas janelas colmadas de geranios y por ellas caminamos en silencio en un juego con el que quisiéramos atrapar la voz del tiempo. En el aljibe, junto a la entrada del castillo, unos niños juegan al mismo juego y gritan sobre el agua que refleja las enormes bóvedas: “Ibn Marwaaaan…. Ibn Marwaaaan…” “Don Alfoooonsooooo, Don Alfoooonsooooo…”, palabras que se multiplican por el eco de la arquitectura abovedada que guarda el agua.

 

Detalle de la fortaleza de Marvao

Texto: Lucas Riolobos

Fotografía: Álvaro Fernández Prieto

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1 comentario

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