Borba (Portugal)

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Se llega a Borba a través de las ciudades rayanas de Badajoz y Elvas; aquí, en Elvas, en esta bella ciudad fortificada realizamos nuestra primera parada a una hora en la que el mercado está a punto ya de cerrar sus puertas. Dejamos Elvas pasando junto al acueducto de Amoreira, dirección ya a Borba. El camino lo hacemos por la antigua carretera Madrid-Lisboa.

 

 

Pronto son visibles los viñedos, ya casi desnudos, y las gigantescas canteras de mármol a las que llegamos en poco más de veinte minutos atravesando montañas de residuos que ahora, nos dicen, serán reciclados en la construcción del AVE. Aproximarse al vacío de la cantera causa en el viajero una extraña sensación de vértigo y deseos de descender a las profundidades inmaculadas del mármol. Lo hacemos en compañía de Jaumberto un joven pedreiro que, en el descenso a través de un destartalado montacargas, nos habla de la dureza del trabajo nas pedreiras y de cómo, de estas canteras, se ha extraído mármol desde la época de los romanos.

 

 

Ya en el fondo, la sensación resulta inquietante y sobrecogedora. Hemos descendido 150 metros y la belleza de esta especie de catedral invertida resulta abrumadora. Artur Pedroso nos dirá más adelante que sueña con un concierto de la pianista María João Pires en estas profundidades, donde la acústica invita a sueños de arpegios y escalas. El sol en su despedida va posando tonos dorados sobre la verticalidad de nieve da pedreira. Que se nos muestra resplandeciente y luminosa en la despedida.

 

 

Borba aparece entre viñedos, a ella nos dirigimos aún con la luz de las canteras en la memoria. Entramos en la ciudad por una de las puertas de las murallas que mandó construir el rey Don Dionís y que, años más tardes, serían arrasadas por Don Juan de Austria. Pero de aquellas guerras ya nadie quiere acordarse. Ahora la ciudad se nos presenta con la calma y la belleza que han arrastrado al viajero hasta sus calles, hasta sus tascas y velharias. Entrar en una de ellas es penetrar en un mundo abigarrado de artefactos e imágenes donde se confunde a menudo lo viejo con lo antiguo, y donde el trato se alarga en un permanente regateo. El señor Josemanel Gazimba nos dice que ya está muy viejo para este negocio,que requiere mucho tiempo y muchos viajes buscando los pequeños tesoros que las familias acomodadas y con problemas económicos ponen en sus manos a cambio, dice, de discreción y de dinero en efectivo. Campanas de bronce de algún viejo eremiterio, figuras de marfil, lámparas de araña… pero sobre todo imágenes, como a la que se abraza el señor Gazimba, “ésta es Nossa Senhora de la Concepção”, nos dice mientras se despide animándonos a una nueva visita antes de nuestro regreso a España. Tras la penumbra de la velharía de nuevo la luz del mármol, ahora ya formando parte de la belleza arquitectónica de Borba, de sus monumentos, de sus calles, por ellas transitamos en busca del primer vino que, como cada 11 de noviembre, comienza a manar de las tinajas de barro en las tasca de esta ciudad del vino.

 

 

Entrar en una de estas tasquinhas es entrar en el corazón del Alentejo, donde grupos de hombres tras el trabajo en las viñas, nas pedreiras, beben vino mientras saborean pequeños platos de bacalao u otras delicias alentejanas como el “tocino añejo de porco preto y ajo crudo”, un sorprendente y potente maridaje que junto al vino va haciendo que fluyan las conversaciones y las viejas historias. En la tasca Suelta la Belha, Artur Lourenço, un empresario con negocios en España y Alemania, nos cuanta cómo al ultimo gran rey de Portugal le gustaba acercase desde su palacio de Vila Viçosa a las tascas de Borba para sentir los efluvios de un vino afabado, y que desde entonces y en su honor llaman Afabado Real.

 

 

En la Tasca conocida como “No 1” acompañamos el vino con un ensopão de borrego que “viene bien para templar los estómagos”, nos dice el señor Joao, al que Artur Lourenço llama “o sabio dos vinhos” por sus conocimientos autodidactas en el cuidado de las viñas y en la elaboración de vinos orgánicos. Poco se habla de la crisis en estas capillas del vino donde el tiempo parece detenido en conversaciones pausadas, conversaciones que nos llevan al periodista y escritor Miguel Sousa Tavares y a su última obra “Rio Das Flores”, que toma como escenario una quinta de Borba, hoy Hotel Rural Valmonte, y que ambienta en nuestra posguerra y en la huida de los republicanos extremeños hacia Portugal. Una vez allí, a menudo, eran devueltos a España por la temida policía salazarista, pero también en otros casos eran ayudados hasta alcanzar Lisboa. De Lisboa, un destino: la esperanza de América.

 

 

En la Adega Cooperativa de Borba nos espera Oscar Gato, enólogo y jefe técnico de la mayor bodega del Alentejo, con él recorremos unas instalaciones que, dice, “ya se han quedado pequeñas” y donde cada año se elaboran más de catorce millones de botellas de vino, en su gran mayoría de vinos tintos acogidos a la Denominación de Origen Controlada Borba, “que fue la segunda denominación del mundo tras la del Oporto”. Nos dice esto cuando contemplamos miles de botellas de las que pende una pequeña etiqueta, cada una de esas etiquetas, nos comenta, indica una exportación. USA, Canadá, Francia Brasil...

Texto: César Serrano
Fotografía: Álvaro Fernández Prieto

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