Alburquerque, sin fronteras

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Nombre sugerente, Alburquerque debe su apelativo al bosque y a la fauna mediterránea. Si la raíz etimológica es Alba Quercus pensaríamos en una latina encina blanca. Si la elección es Abu-al-Qurq el árabe lleva hasta un país de los alcornoques. Incierto arranque lo cierto es que también es hermoso, sea cual sea el verdadero; si es que debe ser alguno porque en ocasiones lo auténtico reside en la duda. Lo comprobable es que desde las dehesas extremeñas el apelativo ha surcado mares para instalarse en Nuevo México y Filipinas.

Alburquerque Vivir Extremadura Ester García

Hasta llegar allí y lograr la fama global, el bosquejo parte de la Prehistoria, de unas pinturas rupestres abrigadas en el risco de San Blas, así como de dólmenes y litografías. La presencia morisca fue alargada -¿de ahí el nombre?- pero la Reconquista cambió el destino de este pueblo, como el de tantos otros, para dejarlo en manos de la Orden Militar de Santiago no sin antes vivir luchas interminables que hacían que la villa cambiara de bando cada poco. ¿Nombre árabe o latino? El sello guerrero quedó patente cuando la villa se levantó en el siglo XV contra su nuevo señor, Beltrán de la Cueva, el primer duque de Alburquerque.

La conquista de Portugal trajo de nuevo sangre a este municipio situado en las últimas estribaciones  occidentales de la Sierra de San Pedro, en el puerto de Albahacar, otro nombre árabe para sumar al relato. Tropas portuguesas controlaron durante un tiempo el municipio, al igual que francesas, que lo saquearon no sin la oposición de la población local.

Serranías y llanuras conforman hoy el término municipal de Alburquerque, situado en el extremo occidental de Extremadura, y el extremo norte de la provincia de Badajoz. El castillo de Luna, del siglo XIII y Monumento Nacional desde 1924, es un perfecto skyline del municipio. La arquitectura medieval tiene en esta villa uno de los mejores exponentes extremeños.

Alburquerque Castillo Luna Vivir Extremadura Ester garcíaMás allá del castillo, el Barrio de la Teta Negra, también conocido como Villa Adentro, es un recinto amurallado, Bien de Interés Cultural, de características góticas y judías que invita al visitante a sumergirse en las piedras, en los arcos ojivales, en las blanqueadas fachadas y en los coloridos geranios. Las torres defensivas, aún visibles, recuerdan que Alburquerque ha sido lugar de frontera. A 12 kilómetros del centro urbano, otro castillo, el de Azagala, se erige para dar relieve a una historia olvidada, porque el estado de ruina y abandono de este fortín invita a la reflexión sobre el futuro y sobre el pasado.

La hermosura de las piedras no quita protagonismo al paraje donde se asentaron por primera vez los vettones celtíberos, dato que nada en la falta de confirmación para hundir más en la leyenda los orígenes del municipio. Alcornoques y encinas, árabes y latinos, altos y llanos, arroyos y ríos nutren un espacio natural protegido, como otros tantos de Extremadura. Los cernícalos primilla han encontrado en el casco urbano un buen lugar de acogida.

Sus fiestas y celebraciones lúdicas y culturales también demuestran esta máxima compartida por las decenas de aves que anidan en Alburquerque. El Festival Medieval en agosto, declarado Fiesta de Interés Turístico Regional, así como el festival de música indie-pop Contempopránea, que se celebra en julio desde 1996 y que ya es una referencia, son muestra de la vida estival del municipio. ‘La pasión viviente’ por su parte recrea en Semana Santa la vida de Jesucristo. Y la Feria de Ganado es otra cita marcada en el calendario de esta población amurallada y con una fama que sobrepasa sus fronteras y sus orígenes.

Texto: Mª Ángeles Fernández

Fotos: Ester García

Texto incluido en el número 42 de la revista Vivir Extremadura

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