Abigail Narváez, Pintora

 

“Dime un pintor”… “Hopper, Edward Hopper”… Claro, no podía ser otro. Hopper y Abigail, Abigail y Hopper. La soledad, un sueño, la impotencia, a veces… la sencillez, la geometría, los colores planos…

Es un estudio con pocos objetos, “sólo dos banquetas”, pero con una luz a raudales que salpica cada rincón. Ahí, Abigail Narváez indaga en la expresión, “en el alma de las cosas”, en el secreto de unos rostros… No quiere hablar de la lista de títulos nobiliarios que le llegan de la familia. Se los sacude como si con ella no fueran. “Mi trabajo es la pintura”, así da por terminada esa conversación. Ahora sí, ahora ha conseguido parte del sueño que persigue y dedica las 24 horas del día a la pintura. “Al principio lo alternaba con el diseño, la publicidad, la creación publicitaria, que es lo que estudié, y por eso de que las madres dicen que hay que buscar un trabajo con estabilidad… a veces las madres aconsejan mal, pero ahora sí me dedico sólo a la pintura”.

Con poco más de 20 años, Abigail se hacía con el primer Premio del Certamen Nacional “Los jóvenes ante la inmigración”, que otorgaba el Ayuntamiento de Madrid. A partir de ahí se irán sucediendo otros premios y menciones especiales, casi una treintena de exposiciones colectivas y exposiciones individuales, todo mostrando un espíritu muy personal, una fuerza que logra desenmascarar y desnudar el alma de cada cosa que fotografía, primero, y pinta, después.

En una primera colección, “Estudio de metales”, Abigail destapa la belleza, la frialdad o la calidez de herramientas, tuercas y otras piezas; “Fauna Urbana” nos introduce en la soledad deseada o no de la sociedad actual; su última exposición “Nómadas” se nos antoja como la que mejor define lo que Abigail permite mostrar de ella misma. “Soy inquieta física y psíquicamente. La idea del nómada que no tiene un ancla que le ate a un sitio, ni a una idea… me parece fascinante”. Y en sus cuadros no veremos físicamente a ese nómada, sino camiones, camionetas, vespas, autocaravanas o coches antológicos como el 600. “Son objetos con alma, con personalidad… el 600 me parece un hito en el diseño industrial español… a alguno le puede parecer una banalidad… a mí me parece muy interesante”.

Un canto al arte de la calle, al graffiti, podemos ver también en sus pinturas, donde un camión puede servir de soporte para esas expresiones urbanas. “Estoy pensando en hacer algo ilegal –desvela cuando hablamos de los graffitis-, pero tengo una lucha interna sobre si debo o no hacerlo, creo que ya no tengo edad, pero estoy pensándolo…”. No lo dice. Ya en la calle rebuscamos en cada rincón, en cada muro, en cada farola intentando desentrañar la lucha interna de Abigail.

Texto: Mari Cruz Vázquez

Fotografías: Álvaro Fernández Prieto

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